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domingo, 11 de agosto de 2013

Expediente Warren: The Conjuring


Fantasmas. Posesiones. Exorcismos. Demonios que ocupan el cuerpo de una inocente... Larga es la lista de tópicos que hoy en día nos inundan hasta la saciedad en el cine contemporáneo. 

Nada nuevo, claro. Lo malo es que hablamos de James Wan (director de las grandiosas "Saw" e "Insidious"), entonces, hay que cambiar el discurso. Este australiano de origen asiático hace de su inteligencia el mejor antídoto para combatir la falta de ideas con una historia diferente que contar. Vayamos por pasos.

Como digo, lo que acontece en "The Conjuring" lo hemos visto en "tropemil" películas de género. Sin duda que sí. Sin embargo, la conjunción entre sustos originales e historias intensas es sencillamente brillante. La tensión embriaga al espectador más exigente y experto. Los eventos se suceden de menos a más, como buena película de terror. La aparición de ciertos elementos oníricos (vaho, reloj parado a cierta hora, etc.) elevan la cota de incertidumbre hasta límites ajenos al sentir humano. Magistral lección de cómo contar lo mismo de siempre de una manera absolutamente distinta.

Después de la tormenta siempre llega la calma... ¿o no?

Unión familiar. Los Warren, protagonistas de varias situaciones terroríficas relacionadas con los muertos, forman una especie de gabinete de ayuda contra el mal. En un momento dado, una madre desesperada les suplica ayuda: en su casa sucede algo, y es muy violento.

Bajo esta premisa -sencilla y nada novedosa-, nos enmarcamos en un devenir de acontecimientos bajo una atmósfera desasosegante. En unos años setenta donde la familia es el quilate más brillante y valioso, el mal irrumpe sin piedad, lanzando un órdago al eslabón más débil de todos: la unidad familiar. 

El mal se instaura en la casa, y no escapará hasta que alguien lo resuelva con éxito. La hostilidad se desata dentro de esos muros como una chispa enciende un fuego: lenta pero concienzudamente. Es aquí donde el principal talento de Wan entra en escena, que no es otro que la paciencia. La historia arranca a fuego lento, pero luego las ascuas nos desmenuzan para no dejarse apagar hasta el final -magníficos créditos finales.

La aparición no teme a la luz, pero la familia sí teme su falta

Sustos. Una vez hemos conocido el porqué de las desavenencias con el "nuevo inquilino", la tormenta de espadas nos arrolla. No hay respiro. Ni un sólo minuto. El ritmo que impulsa el director australiano quiebra el corazón del guerrero más bravo. Inconmensurable muestra de buena dirección con ángulos imposibles, elementos secundarios en la imagen que nada hace sospechar lo que vendrá y una elección de actores siempre digna, aunque sin muchos alardes. El combinado hace de esta película un clásico atemporal, que residirá en nuestras retinas para siempre. ¿Mejor película de terror de la historia? Puff... no me hagáis ir por ese camino, por favor.

No todo son sustos, que conste. La tensión es insoportable. El in-crescendo de imágenes y situaciones tenebrosas abruman al espectador. Con un gusto exquisito, el creador de "Saw" ejerce una presión tremenda sobre la historia. Da exactamente lo que cualquier amante de este género desea. Situación tras situación, la hostilidad va en aumento. El mal nunca claudica. El bien siempre lamenta.

Anabelle, instigadora del mal más perverso. Puente entre lo real y lo irreal

Miedo. Sensaciones de pavor vienen dadas cada poco tiempo a partir de la mitad del metraje en adelante. Especialmente cuando el espectador comienza a atar cabos sobre la crueldad de la casa en sí misma. Cuando se abre la puerta -maldita muñeca-, nadie será capaz de cerrar una sola ventana. 

Es el mejor ejemplo de horror que nadie puede ver en los cines hoy en día, y aunque no quería mojarme mucho, creo que el podio se queda corto para este perfecto ejemplo de pasarlo mal con placer. Una historia aterradora mil veces contada, con elementos novedosos y originales hacen que se olvide la primera premisa a pies juntillas. Es el nuevo maestro del terror, y de eso no hay duda alguna. Gracias James Wan. Gracias por amar este género tanto como para hacer lo que te gustaría ver.

sábado, 27 de julio de 2013

REC 3 (Génesis)


Tercer episodio de la popular saga REC. La verdad es que el registro ha cambiado totalmente. Y así su escisión de dos directores. Paco Plaza dirige esta joya -un tanto friki- en solitario; mientras que Jaume Balaguerò hará lo propio con la cuarta (y última) historia, que esperemos arroje un final digno de su innovación.

Después de haber leído multitud de críticas, donde los respetables espectadores preveían un "más de lo mismo", el director valenciano se desmarca de la cámara en mano, para dejarnos una más tradicional filmación. Primer cambio, un acierto, ya que después de dos partes muy parecidas, hubiera tendido a ser ese "aún más de lo mismo" que vetaron los detractores.

Partiendo de la premisa más pura que el cine, dio, da y dará, que es el entretenimiento, esta cinta lo consigue con creces -y vaya si lo consigue. El problema, que por otro lado es el de siempre, es que la gente se hace una idea errónea del producto que van a ver. Ha pasado tantas veces ("pues vaya chasco, yo pensé que "Señales" iba a ser como el Sexto Sentido), que ya no supone ninguna sorpresa. Y en efecto, "Señales", es una cinta magistral del Shyamalan que ya no tendremos nunca más, pero, NO es una peli de terror. Nadie la vendió nunca como tal. Nadie dijo que era "El Sexto Sentido 2". Da igual, los dignos espectadores, obcecados en ver siempre lo mismo, nunca aceptarán la innovación. Peor para ellos. Yo me lo he pasado de lujo con casquería, zombis e incluso una trama de amor en el medio muy bien conseguida.

La locura se instaura en el salón de bodas. Nadie sabe qué sucede.

Pretensiones elucubradas. Claro que sí. ¿Cuánto tiempo hace que no veis una película sin pretensiones? Pensarlo bien. Siempre pasa algo, una opinión cercana, un  blog de cine, una crítica de tal persona, etc. Así no se puede ver cine. El cerebro está hostil, y no quiere cuentas con nadie. Yo siempre he dicho que la cine hay que ir a ciegas, como si fuésemos tontos. No pensar en el probable final, disfrutarlo, dejarnos llevar, empatizar con los personajes. Así, sí se disfrutan las pelis. Precisamente, eso hice yo al ver esta tercera parte de REC -por llamarlo de alguna manera.

Zumo de arándanos. Violencia. Gore a saco. Color rojo por todos los lados. ¿Original? Verdaderamente, no. De hecho, nada de nada. ¿Divertida? Totalmente. Son ochenta minutos frescos. Sólidos.

Si bien es cierto que Plaza apenas revela nada del virus -dos detalles muy, muy sutiles-, ejerce de adalid del espectáculo que un buen cinéfilo siempre querrá ver: Acción. La casquería, como decía antes, es burrísima. Los planos no esconden ni la mitad de la mitad de lo que Plaza deja para la cuarta parte. ¡Es un escándalo! Cuánto echaba de menos este tipo de locuras. Qué mal ha hecho "Braindead"... y qué benditas son todas ellas.

Explosión de rabia y cólera de los infectados. Ya no somos familia...

Los efectos especiales y la barbarie, son exquisitos. Aunque no guste mucho el cine gore -creerme, esta tiene y mucho-, hay que admitir que se pasa un buen rato. Los sustos están poco logrados, y hay alguna situación (como viene repitiéndose en toda la saga) que es bastante predecible. No obstante, cumple su cometido, que no es otro que inquietar. No da miedo, pero es que tampoco es una cinta de terror al uso. Es una peli de zombis de toda la vida. ¿Acaso alguien tiene miedo de ver "La noche de los muertos vivientes"? Exacto, es que no es el mismo tipo de terror. Aquí no hay nada psicológico. De hecho, todo lo contrario, es lo más físico que te puedes echar a la cara -motosierras, cuchillos, lo que sea.

Por eso mismo, la cinta da lo que tiene; y obtiene lo que da, es decir, entretenimiento puro y duro. Como precuela, pues es un poco liviana, pues no arroja luz sobre nada. Si se hubiese titulado de otra forma, todos habrían dicho que es un escándalo. Pero es que la gente tiene la memoria muy fina, y la crítica muy gruesa. Hace tiempo que la novedad abandonó las salas de cine, sino mirar todos los episodios y remakes que hay. Así que, no me voy a poner exquisito con esta. Es decente. Da lo que quiere. Es bruta y gamberra (esos puntitos de humor negro, muy buenos). Las gotas ácidas no te haces desternillarte, claro que no. Pero una sonrisilla, si te gusta este género, esbozas seguro.

A la espera de cerrar el círculo, se sacan conclusiones. Una, Paco Plaza, ha tenido los bemoles de reinventar la saga, cuando ya se alumbraba un pesticida de varias películas iguales. Esto es un "Survival Horror" en toda regla, y se disfruta muy mucho. Dos, la originalidad brilla por su ausencia. Pese al entretenimiento global que otorga, da la sensación de que la tensión se podría haber percutido un poco mejor. Hay demasiada muerte fácil de entrever, y por ello, la tensión decrece un poco. Pese a todo, me da la sensación de que Plaza ha propuesto el juego si importarle mucho la parte de I+D, es decir, te sirve en bandeja lo que se supone que se va a ver: sangre, sangre y sangre. Fuera medias tintas de ángulos espectaculares. El muerto al hoyo y el vivo al bollo.

Grande Plaza

sábado, 8 de diciembre de 2012

Luna Sangrienta



Cuenta la leyenda que la luna trae consigo la maldad más absoluta y etérea de todas las perceptibles. Dicen la luna ha engendrado monstruos en el útero de mujeres humanas. La Diosa de las brujas por excelencia, más conocida como Hécate, fue una devota de la luna e iba acompañada por una jauría de perros infernales, que la guiaban para sembrar al mundo de impiedad.

Muchas son las leyendas que el astro muerto nos ha ido otorgando a lo largo de la historia de la literatura. Muchos son también los dichos de mal fario que se le atribuyen. "La cara oculta de la luna", ese lugar que nunca se ve, que no deja nada a la vista, puede hacer residir el mayor mal jamás encontrado.


El gran Ramsey Campbell se sitúa otra vez varios pasos adelante en cuanto a calidad narrativa con respecto a otros autores más famosos, pero sin duda, menos prestigiosos que el inglés de Liverpool. Haciendo un tributo elegante de un genio del género como es H.P. Lovecraft, Campbell sitúa el onírico mundo de criaturas y deidades diabólicas de otro mundo en el contemporáneo norte de Inglaterra. La influencia con respecto al autor norteamericano es sustancial, como así lo son las enfermizas criaturas que se alimentan de la luna para catalizar a la eternidad de la oscuridad.


La extensión de la novela es incalculable. No sólo por el número de páginas, que es bastante mayor que cualquier otra de sus obras, sino por el complejo catálogo de personajes que aparecen en ella. Entre el vaivén de máscaras, Diana Kramer puede considerarse como el principal. La jóven, maestra norteamericana que viene a trabajar a la pequeña aldea de Moonwell (interesante juego de palabras en inglés), empieza a impregnarse de las particularidades de la pequeña zona rural que la ocupa. Con el paso del tiempo, su escepticismo, relacionado con el culto a la luna, las costumbres extrañas de los aldeanos y el confuso entorno -donde el pueblo queda sumido en tinieblas entre árboles, se va disipando, creando un vínculo perdido entre la realidad vecinal y lo que verdaderamente sucede en aquel pueblo.


Los bosques mencionados en el párrafo anterior tienen una importancia clave en el desarrollo de los acontecimientos durante la novela. Al parecer, el nombre del pueblo "Moonwell" (algo así como "pozo lunar", si separamos cada significado aparte), deriva de una mastodóntica marmita de granito rodeada de por unos brezales, en lo alto del monte. Con la brillante narrativa descriptiva del autor inglés se puede percibir que por grandes que los muros sean, la profundidad de aquel cráter no se nota ni con la mayor luz solar. Impresionante el papel de la oscuridad en el libro. Inmejorable la capacidad descriptiva del autor inglés.


No obstante, la complejidad de la novela no permite contar bien los detalles que lo acontecen. Es tanta la información, los personajes y sus interacciones, que el lector puede perderse en varias ocasiones, quedando una sensación de sobrecarga de información. Aún así, recuerdo haber pasado miedo -contexto realista aparte- leyendo las situaciones rocambolescas que la tiranía y el fanatismo religioso dejan entrever en una sociedad moderna cualquiera. Ahí entra el papel del fanático religioso que sume al pueblo en la más estrecha soledad: Godwin Mann. El predicador, lava el cerebro a la mayoría de la gente, queriendo mostrar el gran poder del Dios lunar. Para ello, acampa cerca de los brezales para estar cerca de su deidad. En un momento de demencia, decide descender a la gigante marmita para comprobar la fuerza espiritual de su creencia. Lo que encontrará ahí abajo no se resuelve con una camisa de fuerza...


Narración. De nuevo, la piedra angular del autor brilla con luz propia. Quizá no sea esta última la mejor metáfora, pues el pueblo es sepultado en la más tenebrosa oscuridad en un momento dado de la novela. Gracias a la prosa tan cuidada -a veces demasiado detallista- y algo pesada del inglés, la ambientación se convierte en un hervidero de eficaz terror. La gente huye despaborida hacia ningún lado, pues nadie puede abandonar el pueblo. Algo no permite la huída. Algo siniestro y puro, la maldad más absoluta. La que más hambre tiene...


Los terroríficos sucesos aumentan en intensidad a partir de la segunda mitad de la novela. Y cuando lo hacen, no dejan títere con cabeza. La acción, -especialmente desde la aparición de Mann en su vertiente más fanatista- aleja el halo de realidad y cordura que Diana intenta mostrar, cambiándolo por un horripilante maná de maldad. La meticulosidad con la que Campbell cuenta lo que sucede es tremendamente efectiva. Lenta, densa, pero firme y muy fluida, el ser humano abandona toda esperanza, las relaciones entre personajes se quiebran, y la oscuridad -bendita oscuridad- se apodera de todo el rencor de la sociedad.


Para el final de la novela, es prácticamente seguro que el lector no recordará más de tres o cuatro personajes -de los cientos que aparecen en algún momento-, pero lo que es indudable es que la sensación de agonía relatada se quedará impregnada en la corteza cerebral. Ramsey Campbell es un genio de la descripción. Tiene un don para ubicar al hombre en el plano más controvertido de la conducta humana, y junto con los movimientos de la luna, algo místico, mágico, inmortal, aparece de la nada. Como nada quedará al terminar de leer esta magnífica oda a la falta de luz. 


martes, 4 de diciembre de 2012

Insidious



Ya tenía ganas de ver la nueva criatura del creador de "Saw", el australiano James Wan. Después de "Sentencia de muerte" (2007), que dejó una sensación bastante agridulce, nos llegaba una visión más clasicista del mito de los fantasmas y las posesiones. El legado de este director está impregnado de esa esencia insalubre y meticulosa. Esa sensación lúgubre -con una fotografía muy oscura- no nos abandona en todo el metraje. Cuidadoso en los detalles. Elegante en el manejo de la cámara. Un buen director.

Pero no todo es el monte es orégano, lamentablemente. En este caso, Wan se olvida de la característica principal que le dio la fama que ahora tiene: la sorpresa. "Insidious" es una película correcta, empecemos por el principio. No ofende a la vista -aunque algunos diálogos chirrían en el oído- y mantiene la tensión necesaria para llegar a un final bastante decente. Sin embargo, la sensación de irregularidad no nos abandona durante todo el metraje. Ahondemos en ella pues.

Josh (Patrick Wilson) y Rena (Rose Byrne) son una pareja común instalada en una gran casa a las afueras de cualquier ciudad americana. Viven apaciblemente sus vidas con tres hijos. De repente, uno de ellos entra en un trágico proceso comatoso que mantiene a la familia en vilo. A su vez, coincidiendo con tan desgraciado accidente -pelín forzado- una serie de actividades paranormales les invaden, sin tener claro qué pertenece a la realidad y qué es producto de su imaginación.

Los padres se ven forzados a pedir ayuda "profesional" ante las dudas.

Bajo esta masticada premisa, la acción se sitúa principalmente en las reacciones morales y sentimentales de la pareja protagonista. Ellos, intentan -que no es poco con esos diálogos tan poco eficientes- sujetar la credulidad del espectador con algunos clichés tanto de género, como de "género", es decir, el típico hombre incrédulo ante lo que ve; la típica mujer paranóica que da su brazo a torcer al primer jarrón roto por el aire. Es una pena que el guión  sea la parte menos consistente de la peli, porque hubiese aumentado sus posibilidades de convertirse en un clásico. De momento, se va a quedar en el intento, pese a que la segunda parte está en marcha.

La primera media hora del metraje es prescindible a todas miras. Sale a cuentas ponerse a hacer un caldito de cocido en este frío invernal, que sentarse a ver esos treina minutos. Absolutamente innecesarios. Totalmente mejorables. Si se aguantan estos "preliminares", la verdad es que la acción aumenta la dósis de sustos, apariciones y cuidados decorados, que, gracias a Dios, mejoran la nota final. Lo hacen tanto, que casi deja un buen sabor de boca cuando su demente y rápido final llega a puerto. Hasta que empiezan a pasar cosas en la casa, el espectador se ve torturado por algunos comentarios rarísimos que la pareja tiene que solventar como puede. De veras, hay algunas partes de los diálogos que mantienen que son sonrojantes. Me recuerda al "mejor" Shyamalan...


Mejoría. A partir de aquel despropósito, la cinta se concentra en lo que debe ser una película de terror. Y lo hace bastante bien. De hecho, es una pena que el principio lastre tanto el sentimiento de conexión con la pareja protagonista, pero bueno, no se puede hacer nada. A partir de ese punto, la acción se blinda ante el escepticismo. Es tanta la carga de tensión, que el visionado no permite un descanso. Los sustos, eso sí, son justitos, pero muy, muy bien conseguidos. Lo mejor de la película, sin duda, es la ambientación. La sensación de que algo malo va a suceder en cualquier momento -especialmente en el último cuarto- es notoria. Aquí sí tenemos que decir que Wan hace un trabajo realmente convincente en la dirección, pues tiene varias imágenes bastante escalofriantes, haciendo que el espectador esté en constante tensión. 

La oscuridad y la lúgubre luz dan una atmósfera tétrica al film

Poco a poco, la hemorragia de incertidumbre se dispara. Como decimos, los últimos quince minutos son sobrios. Son perfectos. Una vez descubierto lo que pasa -para el que lo haga- el desarrollo es un filón de situaciones bizarras, oscuras y dantescas, que a buen seguro darán lo que un espectador exigente reclama en este tipo de films. Los seres que aparecen y desaparecen están muy bien caracterizados. Su aparición es bastante original, y su función no reside en inquietar, sino en asustar, lo cuál se agradece (especial atención a la secuencia de los espejos; qué tendrán los espejos que tanto inquietan...).

En resumen, "Insidious" es una cinta decente. Deslucida en su primer tercio, decente en su intermedio, y muy bien conseguida en su parte final. Tamaña irregularidad en el guión acorta la vida de su originalidad final, pero por suerte, el cerebro es listo. Seguro que sólo nos dejará las imágenes que más nos sugieren. Nos quedarán esas risas diabólicas y ese "boom" de acontecimientos que se suceden continuamente durante el desenlace, cuajando una apetecible caída del telón. En marcha "Insidious II", pero no cantemos victoria, porque repite guionista... 

jueves, 11 de octubre de 2012

¿Qué es lo que genera terror?



Si tenemos en cuenta la pregunta que anticipa de qué irá este escrito, la respuesta que debe darse sería totalmente particular. No podemos decir que los payasos asesinos dan más miedo que los zombies, ni tampoco que los vampiros dan más temor que un dragón de cuatro metros que escupe fuego. Por tanto, este análisis se mantendrá alejado de los tópicos y se ceñirá en sensaciones; sensaciones que se manejan peor cuanto más cotidiano es el elemento surrealista. Veamos.

El escritor británico Ramsey Campbell ha expuesto siempre que el terror no es una herramienta que pueda crearse a imagen y semejanza de cada persona, sino que debe basarse en hechos que ocurren a todas las personas cada día, y desde ese punto, hacer el giro global que potencia la sensación de temor. Si un hecho cualquiera, como puede ser ir a la compra, se transforma en un amargo trago, todas las personas que lean (si es literatura) u observen (si es una película) dicha secuencia empatizarán con el protagonista de la historia. Y lo harán incluso aunque ir de compras no suponga ningún problema para la persona en cuestión. Sin embargo, la manera de retratar un hecho cotidiano, que nos puede pasar a cualquiera, hace que la mente comience a dudar sobre lo que está pasando, y por tanto, dará paso a la irracionalidad menos consciente, y de ahí se cruzará el umbral de la inquietud o el terror.

Por ello comenzaremos hablando de escenas míticas que han quedado clavadas en nuestra memoria de manera espeluznante, o son consideradas secuencias o historias tremendamente efectistas en el campo que nos ocupa: el terror. 

Misery: Ya analizada en este blog, Misery es el perfecto ejemplo de algo cotidiano que se convierte en una experiencia atroz. Algo tan sencillo como una buena samaritana rescatando de la fría nieve a un hombre cuya salud pendía de un hilo, desata la demencia más absoluta en forma de pesadilla. 


El signo que nos ocupa y que más terror da es, sin duda, la empatía. Tanto en el libro como en la gran película resulta sencillo empatizar con el pobre escritor, que deja claro que la supervivencia de un personaje de ficción queda en segundo plano comparado con la supervivencia de sí mismo. Una de las secuencias mejor conseguidas tiene lugar hacia el final de ambos formatos. 

Anne se percata de que John ha salido de la habitación pese a los dolores. Sus constantes brotes psicóticos han ido al alza durante la novela, pero aquí culminan en el episodio más violento, con diferencia. (SPOILER). Con una ira desatada, llena de cólera y voz agitada, la enfermera coge un serrucho y sin mediación, con un silencio y una frialdad sepulcral, corta el pie derecho de su escritor favorito. Stephen King borda la lenta agonía y frustración que John siente, así como el dolor terrible que una amputación produce en un cuerpo ya de por sí masacrado por el accidente de coche. 

Empatía es el elemento de unión entre el terror y la injusticia que un hecho así delimita. ¿Cómo puede hacer alguien algo así? Esa es la pregunta con la que juega el autor norteamericano para meternos en una burbuja de atrocidades varias, y donde el hecho aislado se convierte en el foco de la inquietud generada tanto por espectador como por lector.

28 Semanas Después: Impresionante película (aún pendiente de análisis) dirigida por el canario Juan Carlos Fresnadillo. Imponente y arrollador inicio donde la familia superviviente de la zona se ve atacada por una horda de no muertos.


El segmento a analizar es la supervivencia. Sin importar que tu familia se quede atrás, Fresnadillo crea una de las mejores secuencias de terror que recuerdo, dotando a la familia de un trasfondo totalmente frágil con respecto a lo que se les viene encima.

El cobertizo queda en el medio de un valle, donde un río blinda al menos uno de los costados de la casa. La familia cena "plácidamente" en el salón improvisado que deben inventar. Tras varios momentos emotivos bien conseguidos: cariños hacia la mujer por parte del protagonista, ánimos de que todo irá bien y de que todos sobrevivirán al holocausto, etc. Fresnadillo comienza a quebrar la unión de los protagonistas cuando de repente, una horda de monstruos coléricos entra a la fuerza en la casa aprovechando la entrada de un niño que yacía desesperado en la calle. Algunos miembros de la familia van quedando atrás por la velocidad de los no muertos, hasta que llega la magnífica y terrorífica secuencia.

Acorralados en una de las habitaciones superiores, el protagonista consigue junto a su mujer llegar a una salida, pero la mujer pide que espere porque el niño queda encerrado en la puerta contigua, que es un baño. Justo en ese instante de división (SPOILER), los zombies irrumpen en la instancia. La imagen es abrumadora, la mujer consigue a duras penas entrar en el baño donde estaba el niño, pero el marido, prefiere ejercer el instinto de supervivencia, cierra la puerta y consigue marchar huyendo hacia el río (momento que relata la imagen superior), dejando a su mujer abandonada a su suerte.

¿Cómo puede alguien abandonar a su esposa en medio del caos? La angustiosa secuencia apenas dura unos ocho minutos, pero es como un golpe en el bajo vientre. Ver al marido correr sin mirar atrás mientras su familia ha sido devorada por monstruos y su mujer encerrada en un baño, son terroríficas. La situación que el marido vive queda aislada por completo. Nadie se agrada de que sobreviva, pues el sentimiento que consigue alumbrar Fresnadillo es la idea de abandono, la situación de frialdad que gobierna un mundo sitiado de criaturas sin piedad.


Son tantas las escenas y situaciones que forman parte de la cotidianidad de nuestras vidas, que cuesta trabajo plasmarlo en una sola palabra. La capacidad de una persona por temer o ser temido se basa en condiciones de pérdida de control racional. Cuando la irracionalidad nos absorbe, no importa nada más. Nuestra mente ya ha decidido que la desconfianza se apodere de nosotros, y por tanto, nuestros sentidos se empiezan a nublar, quedando la sensación de desasosiego en nuestra actitud.

Empatía y supervivencia. Dos de los elementos más versátiles que la condición humana maneja a su antojo. Dos símbolos que independientemente analizados nada tienen que ver con el terror, pero que orientados a la pérdida del control (cotidianidad contra cambio), se perfilan como bastiones del género, y consiguen que el temor nos invada de manera ilógica. 

jueves, 23 de agosto de 2012

Drácula



Una de las historias mejor relatadas de la literatura universal, adelantada a su tiempo en cuanto a situaciones y narración (en forma de diario, con envío de cartas donde los personajes van adentrándose en la historia), que luego terminaría llamándose narración cíclica, por sus constantes giros, y donde las dos historias paralelas convergen en un maravilloso y épico final, donde nada quedará exento. 

El mito del vampiro ha sido contado millones de veces, tanto en cine (aún recordamos la magnífica interpretación de Bela Lugosi todavía en blanco y negro) como en literatura (algunos hablan de plagio con la obra de John Polidori, "El Vampiro" o la inmensas "Carmila" y "La Hora del Vampiro" de J. S. Lefanu y Stephen King respectivamente). Sin embargo, sólo Bram Stoker se colgó la medalla de la inmortalidad, como su personaje principal, el vampiro basado en el caníbal Conde Dracul. 

En 1897, el autor irlandés escribió (probablemente sin saberlo) una de las novelas más icónicas y magnánimas de todos los tiempos. Su capacidad para sugerir y seducir queda fuera de toda duda. El impacto visual narrativo (con esos desconocidos Montes Cárpatos de colofón) es pretencioso y morboso, a la altura de cualquier otra buena novela gótica de su tiempo como "El Castillo de Otranto" de Horace Walpole, o el maravilloso relato corto de Edgar Allan Poe "La Caída de la Casa Usher", donde el misticismo y los paisajes quedan retratados convirtiéndose en parte activa de la narración, otorgando así a las novelas de un aire de misterio avasallador.

Hasta este punto, es posible que no haya nada nuevo en estas palabras, ya que seguramente todos los lectores hayan leído la obra. Mi intención con esta crítica es convertirla en análisis profundo de la situación de la época, de los motivos que aparecen en ella, y por supuesto, de la vanguardista e irónica narración que Stoker ejecuta con una solvencia y maestría envidiables.


Como decíamos, cualquier obra debe medirse con la época en la que fue escrita. De esta forma, podremos observar los clichés de la época, y la manera de actuar de una sociedad (en este caso la victoriana), que no hará si no reforzar mi idea de que literatura y sociedad han ido e irán siempre de la mano. Por tanto, desglosaremos la novela en los siguientes puntos imprescindibles para entender la novela mejor, o si hay una segunda lectura, ser consciente de los mismos:

- Sexualidad contra Pureza, Clasicismo contra Tentación; y Ciencia contra Religión, más Tradición contra Superstición.

A Sexualidad contra Pureza: De bien es sabido que la época victoriana se basaba en unos valores exquisitos, basados en el respeto y la moralidad, latentes y perceptibles en toda buena familia de finales del siglo XX. En el tercer capítulo, durante la estancia de Johnatan Harker en el castillo del Conde, este recibe la visita de tres lascivas vampiresas se acercan peligrosamente a chuparle la sangre antes de que el propio Drácula las interrumpa violentamente añadiendo que Harker le pertenece a él. El enlace entre vampirismo y sexo queda vigente durante toda la novela, y es que además, esas mujeres son lo opuesto a lo que la sociedad y sus valores defienden. Son seres completamente diferentes a lo que se espera.

Mientras Lucy y Mina son modelos de la más pura castidad y buenos modales, la intrusión de esas extrañas mujeres revelan el polo opuesto: son seres voluptuosos, insaciables y agresivas. En la narración de esta escena, Stoker sugiere varias posiciones sexuales que atraen y repelen a Johnatan Harker al mismo tiempo. El autocontrol se pierde, pues la seducción era algo tabú en la mujer de una sociedad victoriana, donde era premiada por su docilidad y virginidad, y una dama no puede tomar la iniciativa, ni mostrar deseo alguno.

Sin embargo, las tres vampiresas profesan en el joven una serie de actos sexuales peligrosos, no sólo debido a la rígida educación victoriana, que puede hacerle perder su reputación, si no que hace peligrar su propia vida.

B Clasicismo contra Tentación: Una de las mejores artimañas de Drácula para desunir al grupo es precisamente la ostentación. El hecho de que la época conlleve unas doctrinas, coge por sorpresa a todos sus rivales, ceñidos al corsé de unos valores morales intactos. Al igual que las tres vampiresas del inicio de la novela, cuando intentan seducir a Harker con artes poco conocidas, hacen perder el control de la situación al grupo protagonista frente a un enemigo más temible que el propio Conde: la tentación.


Las amenazas de Drácula surten el efecto deseado, pues antes del suceso que acontece en este dieciseisavo capítulo, el Conde reza: "Las mujeres que ahora amáis son mías ya, y a través de ellas, vosotros seréis míos también". En efecto, esta amenaza se convierte en realidad cuando Lucy, ya totalmente convertida en esclava sexual del Conde lascivamente intenta llevar a su prometido Holmwood a la locura, perdiendo así la batalla entre clasicismo y tentación en favor de esta última. Y es que el hombre es débil a la seducción, eso se ha demostrado durante toda la edad contemporánea, no sólo en los libros. La pérdida de poder de un sólo hombre, debilita el grupo entero, sacrificando la razón de unos valores irrompibles que ahora caen hasta el estrépito por las trampas ingeniosas del Conde.


C Oriente contra Occidente: En los capítulos finales, observamos como cada bando aúna sus propias armas para la batalla final. Los grupos son opuestos, y esas oposiciones no sólo incluyen el mero conflicto entre la moralidad lujuriosa y los valores castos victorianos, si no también entre el desarrollado Oeste contra el desconocido Este, donde la magia y la superchería quebrantan la fe cristiana y la figura de Dios.


En los capítulos iniciales, cuando Harker es guiado al castillo por unos gitanos, el paisaje oscuro, los aullidos de los lobos, el ulular del viento frío y los propios nativos representan las poderosas y misteriosas fuerzas del Este. Unas tierras desconocidas que no están reguladas por la ciencia o la economía como ocurre en Londres, si no por la poderosa superchería y tradicional del Este; y que por tanto, crean una desconfianza en Harker obtenida por la propia ignorancia de una sociedad estrecha de miras para con el resto del mundo.


Más adelante, cuando los invasores del Oeste comienzan a acercarse a los dominios del Conde, reciben toda la hostilidad del terreno (clichés de la novela gótica que mencionábamos antes: viento, lobos, amuletos o el propio paisaje fantasmagórico) ante ellos, convergiendo en la pérdida de la razón y el poder de una tierra exenta al dominio inglés, oscura, tenebrosa, donde la desconfianza se apodera de los protagonistas, como cuando el Doctor Van Helsing pierde la concentración durante el viaje hacia la mazmorra del vampiro y no puede hipnotizar a Mina. La tormenta y el fuerte viento son tomados por los invasores como algo inhóspito y mágico, que escapa a su rígido análisis de sociedad. Aquí no hay límites ni moralidad.


Curiosamente, el brillante autor irlandés lanza sobre esas líneas de invasión su propia acidez patriota. En otras palabras, pese a la hostilidad del terreno y de los lugareños, la invasión se ve completada cuando Van Helsing consigue clavar la estaca en el maltrecho corazón de Drácula, y cuando asesina a las tres vampiresas, otorgándoles a su muerte con una imagen de inocencia y pureza sinuosa, volviendo a los cauces de lo que la sociedad victoriana exige. Ahora las tres mujeres descansan en paz e irradian vírgenes de pureza.


Este brillante símil de victoria inglesa con sufrimiento (ante la inminente caída del sol) se extrapola al sentimiento que los irlandeses padecieron durante la guerra contra los ingleses. Esa invasión a la fuerza de alguien que no usaba la razón, y que no tenía en cuenta la opinión de los pueblos invadidos es usada en contradirección con la mezcla de culturas equidistantes entre sí en una maravillosa oda al extremismo, y una mordaz narración de lo que sus compatriotas sintieron ante la barbarie inglesa.


La calidad y el envoltorio de la novela le otorga la categoría de obra maestra, independientemente del gusto literario. Es una novela que se adelantó a su tiempo, que se desvanece en un puente que une hechos del pasado con el terror propio de una cultura anclada en unos valores determinados y rígidos, y que no acepta otras posibilidades como alternativa. La maestría de Stoker, así como su ácido tono crítico, cubren de gloria un texto que yacerá en las bibliotecas universales por tiempo inmemorial. Tan inmortal como influenciable en la historia de la literatura de terror.

miércoles, 22 de agosto de 2012

El Exorcista



Si alguna vez se ha difundido un miedo inherente a cualquier mente humana, por fuerte que esta sea, es sin duda "El Exorcista". Tanto libro como película son un alarde de buena ejecución e intención. Temible es por sí sola, la presencia de un ente extraño en el cuerpo de una niña de doce años; mostrando así la batalla más cruel que se puede librar en la humanidad: la inocencia de un niño contra la infernal sabiduría del viejo demonio.

En lo que es, casi sin dudas, la mejor adaptación de la obra de William Peter Blatty, una niña (Regan) comienza a sufrir cambios en su personalidad, en lo que en principio, los médicos no asocian a problemas físicos o mentales de ninguna índole. Con el paso de los días, algunos sucesos paranormales, como levitaciones o la manifestación de una fuerza sobrehumana, hacen que la madre acuda a un sacerdote especialista en exorcismos, pues la dolencia es más espiritual que de otro tipo. El demonio se ha apoderado de ella.

Aún recuerdo el mal cuerpo que se me quedó cuando vi por primera vez la película, con mis buenos diecitantos años, en una casita de pueblo con todo a oscuras y deseando que terminara ya, para acto seguido, ir acompañado de vuelta a casa. No quiero ni pensar lo que sentirían las personas al verla en el año 1973, donde los efectos especiales quedaban aún lejos de ser considerados magníficos o bonitos, etc.

No es de extrañar por tanto, que la película obtuviera la etiqueta de "la más terrorífica de toda la historia". De hecho, creo que hoy día, sigue ostentando dicha mención, pues es acongojante a todas miras. Obtener el premio de la academia de los Oscars como mejor guión adaptado, no debe caer en saco roto, pues el mismo fue firmado por el autor del libro. Ahora tiene sentido ver el resultado de los crudos y endemoniados diálogos que mantienen la niña y el sacerdote: sencillamente geniales.

William Blatty es un autor curioso no obstante, porque comenzó a escribir "El Exorcista" alrededor de 1950, cuando obnubilado por un caso real de exorcismos en Maryland, decidió investigar por su cuenta, para terminar su ópera prima en 1972, cuando el tema de ritos satánicos y posesiones no estaba para nada a la orden del día. De ahí su  impacto mediático. Cuando obtuvo el Oscar al mejor guión al año siguiente, la fama se apoderó de él, y no fue hasta 1980, cuando escribió la continuación (con mucha menor calidad), tomándose otros diez más para sacar su tercer libro (terminando su trilogía: Legión). 

Pese a su poco prolífica carrera literaria, no se puede negar que esta obra permanecerá por siempre en los anales de la historia. Es sobrecogedora, sencillamente impactante. Desde el principio la novela está tratada con mimo y dedicación, con unos términos médicos y psicológicos muy eficientes y concisos. Sin embargo, es la agónica historia la que atrapa, quedando todo lo demás atrás. La maquiavélica red que teje el demonio sobre la niña es espeluznante, ver como poco a poco los síntomas se van manifestando, sin prisa, al tiento, es apabullante y atrapa. 

Durante toda la novela, es perceptible el exquisito gusto del autor por la historia, por mantener la tensión y por no contar los hechos de manera atropellada, dividiendo la carga teatral en pequeñas dosis, que bien tomadas, desembocan en un torrente de maldad y deshumanización sin límites. Regan se ve atrapada en una vorágine de abusos, y su cuerpo, detalladamente narrado, cambia de un capítulo a otro de forma realista. La embriagadora preocupación de la madre es otro de los puntos álgidos de la narración. Sus esfuerzos por llevarla a los mejores doctores, las respuestas de estos diciendo que la niña está bien, que sólo es estrés, etc, desmenuzan sus nervios hasta percibir la desesperación de una madre, que ve como su hija tiene algo en su interior, e incluso, se siente amenazada debido a los últimos cambios más convulsos de la pequeña, donde insultos e intentos de agresión se suceden con más periodicidad. 

Bajo esta inteligente premisa, Blatty obedece a los cánones del género con perfecta armonía. Las largas secuencias narrativas se van adentrando en la cargada atmósfera con precisión cirujana. No sobra ni una sola palabra, y las acciones que el demonio perpetra en Regan ponen los pelos de punta, especialmente al ver como la criatura va ganando poder tan poco a poco, que se hace fuerte en su intento por desestabilizar a la familia por completo, dejando la duda y la incertidumbre en el corrosivo aire que se respira durante el ritual. 

"El demonio puede ser, cuando quiere, muy tentador…"

Precisamente el ritual es una de las partes en las que película y libro se complementan a la perfección. En la parte cinematográfica, el director ejerce su rol de montador de los hechos acontecidos en el libro de manera triunfal. William Friedkin muestra con total realismo las situaciones críticas que se viven en el interior de la casa, y no deja que nadie salga de ella, eliminando la capacidad del espectador por parpadear. 

En definitiva, un documento videográfico tremendo. Pese a su antigüedad, su visionado se antoja imprescindible, pues es un auténtico escándalo de sentimientos, que sin duda, perdurará con el tiempo. Los papeles de Linda Blair (Regan) y Max von Sydow (Padre Karras) son estremecedores, quedando delimitados perfectamente entre la fina línea que va desde el amor al odio, desde el cielo hasta el infierno, desde el bien hasta el mal. Los pequeños pasos que hacen avanzar o retroceder al demonio por esa línea están elegantemente delimitados. A veces gana uno, a veces es el otro quien toma la delantera, creando una situación insostenible que atrapa en la agónica e inverosímil situación. 

Sin duda, mejor no leer el libro a oscuras; así como se recomienda también dejar las persianas subidas cuando se vea el film. Para amantes del riesgo, olvídense de el anterior párrafo.

domingo, 12 de agosto de 2012

La Trampa del Mal



Cinco desconocidos se suben como cada día en el ascensor de un edificio de Filadelfia a sus respectivos puestos de trabajo en diferentes plantas. Nadie observa a nadie, pues solo están de paso. De repente, el ascensor se detiene entre plantas y comienza a reinar el caos. Nada es lo que parece, y sobre todo, nadie es quien parece ser.

Con esta inquietante sinópsis comienza la película de los hermanos Dowdle, con guión del también inquietante (por su irregularidad) M. Night Shyamalan, inequívoco en sus constantes frases sonrojantes y sin sentido, tan característico en su filmografía, pero que en esta ocasión, y definitivamente gracias al otro guionista que firma los diálogos (Brian Nelson) queda algo más decente.

Ligeramente superior a los últimos trabajos de Shyamalan, donde quizá sea una idea un tanto recomendable y reveladora para su carrera, viendo sus últimos trabajos especialmente, podría dedicarse a producir y dar ideas, dejando la parte de elaboración a otros directores más visionarios (juicio personal). 

La verdad que la factura técnica de la pelicula es aceptable. No está mal hecha, no tiene mal guión -del todo-, los actores solventan relativamente bien su papel, etc. El problema viene por ahí. Si todo es demasiado normal, significa que no soprende, que no recuerdas ninguna escena digna de quedarse en tu corteza cerebral... por lo tanto, hablamos de un film bien llevado, corto -lo cual es beneficioso- y un final con un cierto giro argumental inesperado, que le hace superar el cinco por los pelos (muy en la onda Shyamalan también).


Como apunte final, decir que la versión original está bastante mejor, sin duda, que la castellana, porque el doblaje es lamentable. Aceptable sin más.