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martes, 27 de noviembre de 2018

Hereditary (2017)



¡Buenas tardes, penumbr@s!

Volvemos a la carga, como no podía ser de otra manera, con lo que, para mi, es la mejor película de terror de los últimos quince años (ahí es nada la exageración).

Recuerdo haber ido al cine a verla el día mismo del estreno (22 de junio de 2018), justo antes del examen de la oposición -¡qué mejor manera de afrontarlo que perturbar la mente con cine de terror!- y saber que había sido la mejor idea para relajar los nervios. Fue una total catarsis que me hizo dormir sin mirar debajo de la cama, aunque con cierta intranquilidad en el ambiente que ahora explicaré.

La polémica sobre su 'alta alcurnia' viene siempre por los mismos caminos: "Si esto ya lo hemos visto", "no sorprende" o el no menos famoso, "no cuenta nada nuevo". Todo es aceptable, pues para gustos, los colores. Lo que es innegable es la calidad técnica de la cinta, el hedor a muerte y tensión que se desprende desde los primeros compases y no te suelta, y la magnífica dirección de Ari Aster, un primerizo no tan primerizo -luego amplío.

El papel de Milly Saphiro sorprende -y mucho.

¿Qué es el terror? Quizás con la siguiente definición la polémica sobre algo tan poco tangible como la posibilidad de recibir daño ayude a percibir el tono de la película de otro modo. Para mi siempre hubo un robusto muro entre "miedo" y "terror"; el primero, reside en la cualidad del ser humano para percibir un peligro (ejemplo: "creo que alguien ha entrado en mi casa"), crea desasosiego y anticipa algo que va a llegar, inminente. Sin embargo, el segundo, conlleva la explosión de lo que ya habíamos anticipado, llevándonos al extremo de la pérdida de control y equilibrio (ejemplo: "Ese alguien que creí percibir en mi casa viene con un hacha directo hacia mi").

Por lo tanto, cuando alguien se siente a ver esta película ha de tener en cuenta que, quizás no tenga tanto de lo segundo como de lo primero. Es decir, es un drama psicológico que te mantiene en vilo, no tanto por enseñar, sino por sugerir. Aster tiene una cualidad que le encumbra para este género: la meticulosidad de las imágenes bañadas en una onírica cascada de destrucción. Porque, ¿qué hay más terrorífico que el resquebrajamiento de una familia bien avenida? Nada.

Ese es, sin lugar a dudas, el punto más fuerte de esta película. Si además añadimos que el elenco actoral eleva al máximo su partitura coral, el cocktail implosiona en nuestro cerebro como una olla a presión. Con dulzura, con delicadeza, incluso con exasperante lentitud en algunos tramos, pero todo tiene su sentido. Es necesario. El director juega con nosotros como si fuésemos colegiales. Hemos mamado el género desde que éramos niños -los más fans lo defenderán- y ahora estamos vendidos ante una oleada de imágenes y situaciones que harán temblar al espectador más avenido en estas lides.

Si no le dan un Oscar a Toni Collette por este papel...

Como os decía antes, la calidad de la cinta no versa solo en un elenco estelar. Los ángulos de cámara cuasi imposibles del director impregnan la atmósfera con un halo de vehemencia y desgracia que hace que no puedas cerrar la boca ante lo que ven tus ojos. 

El poder de la imagen elevado a la enésima potencia. Y es que este Aster no es nuevo del todo en estas cuestiones (tiempo atrás había estado metido en publicidad y eso se nota en el lado creativo del americano), su capacidad para dejarnos mal cuerpo con silencio es impresionante. Debido al fuego lento de su cocción, para cuando lleguemos al final, estaremos completamente a su merced. Desearemos que esa sensación se marche de nuestro lado y no vuelva a aparecer más. Es lo mejor que nos puede pasar si queremos dormir en los siguientes diez días.

Otro punto muy a favor de su visionado y de cómo no desfallecer en el intento es, sin duda, la sensación de que el dolor es inevitable. Esa terrible fusión de drama familiar de extrema y cortante tensión hasta el clímax intenso e in crescendo de sus aterradoras imágenes -vuelvo a incidir en esos ángulos maestros que no deberían ser dignos de un discípulo y que no se te irán de la mente. La función del director colinda perfecta y sobradamente con esta última cuestión: la enfermiza relación tormentosa de una familia avocada al desastre y la mente perversa de un director que tiene muy, muy clara cuál es su función. No le interesa decorar el terror con golpes de sonido -por fin-, sino con imágenes monstruosas de una situación inesperada. Un aliciente que, pese a lo horrible que es, desarbola la poca coherencia que le restaba al núcleo familiar.

El fuego redentor; el último paso hacia el desfiladero de la montaña

"Hereditary", en resumen, con empaque suficiente como ente individual como para dar lo mejor de los últimos años; pero, si fuese necesario, de forma colectiva -con tantos guiños a lo mejor del cine de terror de los últimos treinta años- ofrece un respetuoso y digno "refrito" -con su toque personal- de otras maravillas ya realizadas. Es importante clarificar que no vamos a ver lo mismo, solo que la calidad y la ejecución técnica y artística es tan grande que, pese a sonarnos familiar, no llegaremos a tildarlo de copia. Es más, diría que se acerca más a una modernización de ciertos clásicos en un compendio impredecible de ruina y dolor. Y es que ya lo decía Vito Corleone: "La familia...".

Lo mejor: La ingente cantidad de imágenes evocadoras. Su calidad en todos los sentidos.
Lo peor: La posible lentitud para espectadores exigentes. Pensar que es una película de terror al uso y perdernos el concepto tan embriagador que sugiere.




domingo, 11 de agosto de 2013

Expediente Warren: The Conjuring


Fantasmas. Posesiones. Exorcismos. Demonios que ocupan el cuerpo de una inocente... Larga es la lista de tópicos que hoy en día nos inundan hasta la saciedad en el cine contemporáneo. 

Nada nuevo, claro. Lo malo es que hablamos de James Wan (director de las grandiosas "Saw" e "Insidious"), entonces, hay que cambiar el discurso. Este australiano de origen asiático hace de su inteligencia el mejor antídoto para combatir la falta de ideas con una historia diferente que contar. Vayamos por pasos.

Como digo, lo que acontece en "The Conjuring" lo hemos visto en "tropemil" películas de género. Sin duda que sí. Sin embargo, la conjunción entre sustos originales e historias intensas es sencillamente brillante. La tensión embriaga al espectador más exigente y experto. Los eventos se suceden de menos a más, como buena película de terror. La aparición de ciertos elementos oníricos (vaho, reloj parado a cierta hora, etc.) elevan la cota de incertidumbre hasta límites ajenos al sentir humano. Magistral lección de cómo contar lo mismo de siempre de una manera absolutamente distinta.

Después de la tormenta siempre llega la calma... ¿o no?

Unión familiar. Los Warren, protagonistas de varias situaciones terroríficas relacionadas con los muertos, forman una especie de gabinete de ayuda contra el mal. En un momento dado, una madre desesperada les suplica ayuda: en su casa sucede algo, y es muy violento.

Bajo esta premisa -sencilla y nada novedosa-, nos enmarcamos en un devenir de acontecimientos bajo una atmósfera desasosegante. En unos años setenta donde la familia es el quilate más brillante y valioso, el mal irrumpe sin piedad, lanzando un órdago al eslabón más débil de todos: la unidad familiar. 

El mal se instaura en la casa, y no escapará hasta que alguien lo resuelva con éxito. La hostilidad se desata dentro de esos muros como una chispa enciende un fuego: lenta pero concienzudamente. Es aquí donde el principal talento de Wan entra en escena, que no es otro que la paciencia. La historia arranca a fuego lento, pero luego las ascuas nos desmenuzan para no dejarse apagar hasta el final -magníficos créditos finales.

La aparición no teme a la luz, pero la familia sí teme su falta

Sustos. Una vez hemos conocido el porqué de las desavenencias con el "nuevo inquilino", la tormenta de espadas nos arrolla. No hay respiro. Ni un sólo minuto. El ritmo que impulsa el director australiano quiebra el corazón del guerrero más bravo. Inconmensurable muestra de buena dirección con ángulos imposibles, elementos secundarios en la imagen que nada hace sospechar lo que vendrá y una elección de actores siempre digna, aunque sin muchos alardes. El combinado hace de esta película un clásico atemporal, que residirá en nuestras retinas para siempre. ¿Mejor película de terror de la historia? Puff... no me hagáis ir por ese camino, por favor.

No todo son sustos, que conste. La tensión es insoportable. El in-crescendo de imágenes y situaciones tenebrosas abruman al espectador. Con un gusto exquisito, el creador de "Saw" ejerce una presión tremenda sobre la historia. Da exactamente lo que cualquier amante de este género desea. Situación tras situación, la hostilidad va en aumento. El mal nunca claudica. El bien siempre lamenta.

Anabelle, instigadora del mal más perverso. Puente entre lo real y lo irreal

Miedo. Sensaciones de pavor vienen dadas cada poco tiempo a partir de la mitad del metraje en adelante. Especialmente cuando el espectador comienza a atar cabos sobre la crueldad de la casa en sí misma. Cuando se abre la puerta -maldita muñeca-, nadie será capaz de cerrar una sola ventana. 

Es el mejor ejemplo de horror que nadie puede ver en los cines hoy en día, y aunque no quería mojarme mucho, creo que el podio se queda corto para este perfecto ejemplo de pasarlo mal con placer. Una historia aterradora mil veces contada, con elementos novedosos y originales hacen que se olvide la primera premisa a pies juntillas. Es el nuevo maestro del terror, y de eso no hay duda alguna. Gracias James Wan. Gracias por amar este género tanto como para hacer lo que te gustaría ver.

sábado, 20 de julio de 2013

Publicación de mi obra


La escritura; ese arte de llevar la palabra al olvido. De traerla de vuelta con un simple gesto, que no es otro que el de volver a coger aquel libro olvidado de la estantería. En ese preciso momento, todo gira y vuelve. La palestra de colores se reaviva, se surte de los alrededores de la memoria. 

Ese sentimiento es el que se encuentra cuando lees un libro por segunda, tercera vez. Un momento de distancia que se acorta con imágenes que nos sonaban, pero que quedaron atrás en la incertidumbre del que cree que no necesita volver a leer tal documento. Una vez basta.

Gracias a la insistencia, y al buen consejo de algún amigo (tú sabes a quién me refiero, mentor), mi sueño de publicar una novela, se ha convertido en realidad. Saldrá a la luz en octubre -o quizá noviembre, la espera no importa- una parte de mi. Una historia que comenzó en un folio en blanco, y terminó con un punto final. Una historia de la que espero disfrutéis leyéndola, como yo lo hice escribiéndola.

Ahora, vosotros podréis decididr, si queréis, leerla una, dos o incluso mil veces. Lo importante es el hecho de poder tenerla en la estantería con autores de todo tipo: Stephen King, Dean Koontz, Rebecca West... Me dará igual con quién me dejéis. Pero estaré allí. Y eso ilusiona un montón.

Cuando uno se pone a juntar palabras, no sabe hasta donde puede llegar. Quizás, las mismas podrían terminar en la papelera, o quizás, un editor decide que se las puede dar una oportunidad. El segundo camino, evidentemente, es mucho más complicado. No obstante, es el más ratificante. Alguien te está diciendo que confía en tu trabajo. Confía en tu buen hacer. O simplemente, toma los riesgos necesarios porque se ha quedado a medio camino de las anteriores premisas. Da igual.

En fin, desde este blog, quiero agradecer a todas y a cada una de las personas que han pasado alguna vez a leer alguna crítica, ya sea literaria o cinematográfica, que dieran también una oportunidad a mis palabras. Palabras que, en este caso relacionadas con algún objetivo particular, os han ayudado a decidir qué libro leer o qué película ver. Vosotros, con vuestra confianza, me habéis ayudado aún más a seguir creando. A seguir moviéndome por estos senderos de las letras. 

Así mismo, espero poder avanzaros noticias sobre el día concreto del lanzamiento oficial de lo que ya será mi primera novela en el mercado ("Espejos"), y que algunos ya habéis podido leer tres capítulos en este mismo blog. 

Ojalá y podáis leerlo entero de alguna manera. Ojalá y me comentéis qué os ha parecido, y con qué os quedáis de él. Qué se puede mejorar. Qué se debe corregir. Incluso, qué se debe aplaudir. ¿Por qué no? No hay mejor sueño que el de pensar que gustará. Yo tengo tanta ilusión en este instante, que confío en que os encantará. 

Un saludo a todos, y nos vemos pronto en las librerías (:

De hecho, el lunes 29 de julio, ya podré dar en primicia el nombre de la editorial que me acogerá y representará. Hasta entonces, sería de gran ayuda que dieras al "me gusta" en la página de Facebook -todo suma.

https://www.facebook.com/EspejosMirrors 

¡Mil gracias a todos!

martes, 4 de diciembre de 2012

Insidious



Ya tenía ganas de ver la nueva criatura del creador de "Saw", el australiano James Wan. Después de "Sentencia de muerte" (2007), que dejó una sensación bastante agridulce, nos llegaba una visión más clasicista del mito de los fantasmas y las posesiones. El legado de este director está impregnado de esa esencia insalubre y meticulosa. Esa sensación lúgubre -con una fotografía muy oscura- no nos abandona en todo el metraje. Cuidadoso en los detalles. Elegante en el manejo de la cámara. Un buen director.

Pero no todo es el monte es orégano, lamentablemente. En este caso, Wan se olvida de la característica principal que le dio la fama que ahora tiene: la sorpresa. "Insidious" es una película correcta, empecemos por el principio. No ofende a la vista -aunque algunos diálogos chirrían en el oído- y mantiene la tensión necesaria para llegar a un final bastante decente. Sin embargo, la sensación de irregularidad no nos abandona durante todo el metraje. Ahondemos en ella pues.

Josh (Patrick Wilson) y Rena (Rose Byrne) son una pareja común instalada en una gran casa a las afueras de cualquier ciudad americana. Viven apaciblemente sus vidas con tres hijos. De repente, uno de ellos entra en un trágico proceso comatoso que mantiene a la familia en vilo. A su vez, coincidiendo con tan desgraciado accidente -pelín forzado- una serie de actividades paranormales les invaden, sin tener claro qué pertenece a la realidad y qué es producto de su imaginación.

Los padres se ven forzados a pedir ayuda "profesional" ante las dudas.

Bajo esta masticada premisa, la acción se sitúa principalmente en las reacciones morales y sentimentales de la pareja protagonista. Ellos, intentan -que no es poco con esos diálogos tan poco eficientes- sujetar la credulidad del espectador con algunos clichés tanto de género, como de "género", es decir, el típico hombre incrédulo ante lo que ve; la típica mujer paranóica que da su brazo a torcer al primer jarrón roto por el aire. Es una pena que el guión  sea la parte menos consistente de la peli, porque hubiese aumentado sus posibilidades de convertirse en un clásico. De momento, se va a quedar en el intento, pese a que la segunda parte está en marcha.

La primera media hora del metraje es prescindible a todas miras. Sale a cuentas ponerse a hacer un caldito de cocido en este frío invernal, que sentarse a ver esos treina minutos. Absolutamente innecesarios. Totalmente mejorables. Si se aguantan estos "preliminares", la verdad es que la acción aumenta la dósis de sustos, apariciones y cuidados decorados, que, gracias a Dios, mejoran la nota final. Lo hacen tanto, que casi deja un buen sabor de boca cuando su demente y rápido final llega a puerto. Hasta que empiezan a pasar cosas en la casa, el espectador se ve torturado por algunos comentarios rarísimos que la pareja tiene que solventar como puede. De veras, hay algunas partes de los diálogos que mantienen que son sonrojantes. Me recuerda al "mejor" Shyamalan...


Mejoría. A partir de aquel despropósito, la cinta se concentra en lo que debe ser una película de terror. Y lo hace bastante bien. De hecho, es una pena que el principio lastre tanto el sentimiento de conexión con la pareja protagonista, pero bueno, no se puede hacer nada. A partir de ese punto, la acción se blinda ante el escepticismo. Es tanta la carga de tensión, que el visionado no permite un descanso. Los sustos, eso sí, son justitos, pero muy, muy bien conseguidos. Lo mejor de la película, sin duda, es la ambientación. La sensación de que algo malo va a suceder en cualquier momento -especialmente en el último cuarto- es notoria. Aquí sí tenemos que decir que Wan hace un trabajo realmente convincente en la dirección, pues tiene varias imágenes bastante escalofriantes, haciendo que el espectador esté en constante tensión. 

La oscuridad y la lúgubre luz dan una atmósfera tétrica al film

Poco a poco, la hemorragia de incertidumbre se dispara. Como decimos, los últimos quince minutos son sobrios. Son perfectos. Una vez descubierto lo que pasa -para el que lo haga- el desarrollo es un filón de situaciones bizarras, oscuras y dantescas, que a buen seguro darán lo que un espectador exigente reclama en este tipo de films. Los seres que aparecen y desaparecen están muy bien caracterizados. Su aparición es bastante original, y su función no reside en inquietar, sino en asustar, lo cuál se agradece (especial atención a la secuencia de los espejos; qué tendrán los espejos que tanto inquietan...).

En resumen, "Insidious" es una cinta decente. Deslucida en su primer tercio, decente en su intermedio, y muy bien conseguida en su parte final. Tamaña irregularidad en el guión acorta la vida de su originalidad final, pero por suerte, el cerebro es listo. Seguro que sólo nos dejará las imágenes que más nos sugieren. Nos quedarán esas risas diabólicas y ese "boom" de acontecimientos que se suceden continuamente durante el desenlace, cuajando una apetecible caída del telón. En marcha "Insidious II", pero no cantemos victoria, porque repite guionista... 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Moon



Duncan Jones. Interesante nombre, del cuál el olvido tardará en echar cuentas. El cine británico -aunque no es tan ligero y bello como antes- sigue dando al género de la ciencia-ficción un emblema con el que sujetarse. Un blasón donde posarse cuando todo está hecho, o todo está visto. Un punto de vista tan interesante, como diferente. Un acierto.

Con una idea muy preconcebida de lo que una película del espacio debe ser, el maravilloso guión de Jones y Nathan Parker sujeta y elabora un dossier de incertidumbre que, sin golpes de efecto ni criaturas espaciales, hace que el espectador comience a viajar rumbo a un mundo desconocido de emociones. Por suerte, aún se pueden hacer films sin tener en cuenta el presupuesto. Jones, cuya dirección es magistral, otorga a la atmósfera toda la importancia, todo el peso de la cinta, que junto con un inspirado Sam Rockwell, forman parte de un bienio inseparable de virtudes.

El espíritu retro de la cinta, así como con un rollo 'peli en blanco y negro' no hace sino ayudar aún más al elemento desolador de vivir durante tres años en el espacio. Justo cuando los tres años del contrato firmado están a punto de expirar, la razón y la locura se apoderan del protagonista por un elemento no esperado. La sinópsis no evalúa la soledad de un astronauta, pues toda película de ciencia-ficción ambientada en el espacio debe conllevar dicho cliché, pero en este caso, beneficia el valor de una idea. La revaloriza.

El aislamiento hace que el umbral de la locura se haga más evidente

Cuando un ser humano queda enclaustrado en una nave espacial, sin la familia, sin contacto humano de ningún tipo -excepto por un robot que ayuda al mencionado sufridor- y con la cuenta atrás que supone el firmar un contrato de trabajo, cualquier parecido con la realidad es discutible. Aquí es donde entra el gran trabajo interpretativo de Sam Rockwell. El actor británico desmonta su habitual coraza para darnos una sublime actuación, llena de matices y carente de fallos. Moviéndose por cuidadosos y efectistas decorados, la vida de Sam -curiosamente llamado igual en el film- se tambalea entre emociones y desasosiegos varios. El mismo vídeo familiar, donde el hijo y la mamá mandan fuerzas al superviviente, el jefe que insinúa que todo va bien, cuando es obvio que algo comienza a torcerse, etc. Sea lo que sea, nada le hace abandonar su misión. Ni las lágrimas, ni la sorpresa final parecen poner fin a la capacidad de supervivencia del astronauta.  

La rutinaria vida en el interior de la nave es otro acierto de Jones. Ya no sólo por el hecho de mostrar al espectador detalles imperceptibles, pero útiles para observar el deterioro humano, sino para avasallarlo con los mismos. En otras palabras, cuando un zumo se vierte en una nave... (ya me entenderéis), nada vuelve a ser lo mismo.


Detallismo. Es otra de las palabras clave para mantener la intriga, ya que, ante la evidente falta de acción dinámica, la acción estática es la que sustenta al desarrollo de los acontecimientos. Y es que la total falta de movimiento en algunas escenas inquieta mil veces más que unos movimientos de cámara infernales o un monstruo que aparece de la nada. La apatía de los sucesos se acartona en la pantalla, pero los detalles siguen apareciendo, la sensación de que la trama avanza poco a poco, engancha más que un rápido giro de guión. Ya es tarde para mirar atrás, pues el espectador permanece enquistado en el interior de la nave. Formamos parte de la expedición; y dudo que podamos escapar con vida hasta el final. Al menos, hasta el maravilloso final que Duncan Jones nos ha preparado...

sábado, 17 de noviembre de 2012

Espejos (Mirrors) Capítulo Tercero



Capítulo Tercero

—¿Qué crees que ha podido llevarle a separarse de nosotros? —preguntó Alice a su marido, que seguía absorto mirando el espejo.
—No puedes saber lo que pasa por la cabeza de un niño de nueve años —añadió toscamente Philipp, con la mirada fija en su propio rostro reflejado en el espejo.
—Es la primera vez que se escapa así Phil, ¿algo le ha tenido que pasar? 
—Ali, déjalo estar, tal vez fue un descuido, ya le escuchaste quizás fue ese puesto de golosinas. Todos hemos sido niños alguna vez.
—Pero y su cara Phil, a nuestro hijo le ha pasado algo, estoy segura.
—¡Ya está bien! —gritó violentamente Philipp.
—No es necesario que me chilles –rehusó Alice levantándose bruscamente del sofá.

Alice subió las escaleras rápidamente y se perdió entre las sombras de la casa, pero Philipp continuó observando obnubilado el espejo sin poder apartar la mirada, como hipnotizado.
Eran esas extrañas formas que sujetaban el cristal, unas figuras y relieves verdes que sobresalían hacia fuera como si quisieran saltar sobre él. Debía tener mucho valor en el mercado. Parecía antiguo, muy antiguo. Pero había algo que le impedía pensar siquiera en venderlo, ni por un millón de Euros, algo le obligaba a retenerlo. Al tenerlo en las manos se sentía más seguro, se le olvidaban todas las penas, parecía consumirse con él en una especie de exorcismo imaginario. Era una sensación increíble, como nunca antes había sentido.

Las formas giraban en sentido aleatorio sobre sí mismas formando unos adornos fantasmagóricos; se unían con el cristal como dándose la mano. Comenzó a inclinarlo mientras se miraba, cuando de repente, en la esquina superior derecha del espejo que reflejaba el techo del salón le pareció ver una extraña figura arrastrándose de forma desagradable por el suelo de su casa. En ese momento algo le hizo entrar en razón y consiguió soltar el espejo por primera vez. Se levantó del sofá rápidamente y se fue a donde creyó ver a aquella figura, pero no había nada allí. Echó una mirada a su alrededor en silencio, pero el sepulcro de su casa no le dio ninguna pista. Estaba delirando, o simplemente tenía que irse a dormir cuanto antes, así que llevó el espejo a la mesa de la cocina y sin volver a recaer en él, apagó la luz y subió las escaleras dirigiéndose a su habitación. 

sábado, 10 de noviembre de 2012

The Cabin in the Woods (La Cabaña del Bosque)



Lo primero que uno se pregunta cuando ve una película así es, sin duda, ¿el director se ha quedado con la audiencia? ¡Por supuesto!, qué otra respuestra cabría sino. Impresionante ejercicio de ejecución y vacile por partes iguales. Que no se entienda mal, la película no tiene un ápice de aburrimiento, sino todo lo contrario, es una oda al "reirse de sí mismo". En este caso, a reirse del género de terror, pero con un trasfondo terrorífico evidente. Dósis de gore y humor a partes iguales. Desenlace bizarro e inolvidable por otro lado. Al finalizar la cinta, uno sólo puede preguntarse si en Estados Unidos la marihuana es legal...

Desglosemos pues tamaña obra inolvidable. Primero de todo, he decidido no mostrar ni una sola imagen de la peli (lo he hecho en todas menos en esta). Con esto, provoco e intento convencer al lector de que la vea sin más tapujos que la propia carátula (que por cierto animo a echar otra ojeada al finalizar el visionado, y que atónitos lean entre líneas el vacilazo de los creadores). Partiendo de esa base, el texto se basará en la experiencia que un espectador con experiencia en el género, como el que les redacta, haya flipado en colores con la demencia brillante de una idea perfecta.

¿Estereotipos? Claro, tan recurrentes en todas mis críticas, aquí también aparecen, y mucho. Muchísimo. El problema es que pensamos sólo en eso (acierto del film) y luego nos sorprendemos con las vueltas de tuerca sin sentido (o con todo el del mundo) made in Drew Goddard, que sin duda ha mamado del terror durante toda su vida, y que nunca se imaginó poder crear un producto de tantísima calidad.

La temática es sencilla en su esencia, complejísima en su fórmula de desarrollo: Cinco jóvenes se preparan para ir a la cabaña de un familiar del grupo. Cogen cuatro cosas -importantes los bikinis- y camioneta de Scooby Doo en marcha, se disponen a pasarlo en grande (¡Somos americanos!). Al llegar a la misma, algo parecido a Evil Dead sucede, luego avanza ligeramente hasta Viernes 13, para terminar siendo una orgía de cambios de guión absolutamente inimaginables. Terroríficamente brillantes. 

Ojo. Que los dos nombres en cursiva no agraven lo que luego sucede. De hecho, es imprescindible pensar que estamos viendo más de lo mismo. Es lo que quieren los creadores. Es lo que consiguen a todas miras. La sorpresa radica justo ahí. En pensar que hemos visto todo (bendita e ingeniosa portada). Cuando en realidad, no hemos visto absolutamente nada. La cuadrilla avanza, y el "azar" ha ejecutado su mano para que los jóvenes sufran un tremendo acoso por parte de ... bueno, por parte... bien.

En un alarde de imaginación terrible. Goddard crea un hilo empático con el espectador en forma de clichés (benditos seáis) post-adolescentes. La idiota, el fumao, el fuerte, el elegante, la virgen... bien. Para cuando hemos sido capaces de repudiar-empatizar con ellos, Goddard nos recrea con una explosión de inverosímiles acontecimientos que nada hacen presagiar lo que el espectador a priori había pensado. Gran acierto. Mejor puesta en escena.

Una de las cosas que más llama la atención es que la cinta no va a ser estrenada en los cines españoles. Hemos tenido la "suerte" de ver en las carteleras "joyas" como Scream 47, Sé lo que hicísteis 16, y esta maravilla de género no tiene cabida. Bravo por el sentido común. De igual modo, y gracias a su perfecta ejecución, la película ha sido un arrollador caballo de batalla exitoso en todos y cada uno de los festivales en los que ha participado. No sólo el espectador de pie ha bendecido este diamante, pues la crítica profesional ha coincidido con el transeunte de a pie, y la conjunción de ambos ha reunido los mejores elogios. Habrá que prestar atención a este joven director, porque lo que ha creado con poco presupuesto y menor repercusión es un éxito. "The cabin in the woods" se ha convertido en la mejor película del año -no me importa el género- y ha quedado por siempre grabadas en las retinas de los espectadores que la han visto.

El re-gusto con el que la historia llega a su fin es dulce como una bolsa de palomitas gigante y agrio como un tomate pocho. Es un boom de sensaciones, es experimental, es vacilona a más no poder, pero respetuosa con los clichés del género. Es feroz. Es un camino triunfal a la sorpresa constante. Es sencillamente una película absolutamente recomendable para verla rodeado de los amigos más gansos, los más serios, los menos analistas, los que piensan antes de que la escena cambie. Es una película que dará que hablar en todos los círculos sociales. Es... en definitiva, un auténtico escándalo.

lunes, 22 de octubre de 2012

Espejos (Mirrors) Capítulo Segundo



Capítulo Segundo

-¿Dani? ¿Estás bien? ¡Dónde diablos te habías metido! -le chilló su madre, que no sabía si abrazarle o castigarle de por vida por separarse de su lado.
-Yo…mamá… - Balbuceó el pequeño atemorizado.
-¡Sabes el susto que nos hemos llevado! ¡tu padre lleva buscándote casi dos horas por todo el mercadillo! – gritaba la madre angustiada.
-¿Dónde te has metido, por Dios? –por el rostro de Alice desembocaba un río de lágrimas y no podía más que abrazar a su hijo, no había nada en el mundo que quisiera más. No pudo regañarle. En un primer instante, ni siquiera se percató de ese extraño objeto que llevaba entre las manos.

Philipp venía corriendo desde el interior del vehículo, después de buscar por todos los rincones del mercadillo, decidió coger de nuevo el coche por si se había extraviado por los alrededores. Su semblante era muy serio, aunque no pudo ocultar su satisfacción porque el pequeño estuviese sano y salvo. Los tres se abrazaron sin hacer más preguntas y poco a poco, los agentes de policía fueron dispersando a la multitud de gente que no hacía otra cosa que enriquecer su morbo y cacarear como gallinas aburridas. La escena se transformó en un estado de aliviada soledad. Su abrazo, entretanto, se iba diluyendo al mismo tiempo que la gente abandonaba  el lugar.


De regreso a casa, el viaje de vuelta se hizo casi más insoportable que el de ida. El ataúd de cuatro ruedas se limitó a poner la banda sonora con su motor gasolina. Philipp guiaba la dirección del coche hacia la derecha por O'connell Street cuando la circunferencia verde lo permitió. La lluvia había cesado al fin, la calma tensa se sujetaba con alfileres.


Es obvio que Philipp quería regañar al pequeño, se notaba por su brusca manera de conducir, cuando estaba a punto de separar sus labios notó una suave mano encima de la suya. Ladeando su cabeza vio los ojos llorosos de Alice, y toda su ira calmó las olas de un mar salvaje. Su rostro seguía siendo precioso. Aún recordaba sus ondulados cabellos moverse contra el viento al caminar por la universidad. ¿Quién podía olvidar aquel año? Primera matrícula de honor en Literatura Inglesa del siglo XVIII, primera presentación oral ante trescientas personas con magnífico resultado, tercer puesto con sus colegas irlandeses, los elocuentemente llamados Pohang Steelers, y por supuesto, la primera vez que habló con esa bella chica francesa en una de las tantas fiestas a las que acudió. Estaba seguro de que fue en febrero, justo después de los exámenes del primer cuatrimestre. Dimitry y Alexei habían preparado la fiesta del año. No sólo ponían su casa al servicio de cien estudiantes deseosos de beber -y aliviar la cabeza de tantas horas de biblioteca- si no también cocinaron una maravillosa comida rusa, que engalanó el estómago de los allí presentes. Con la conciencia más tranquila del año, la fiesta se desarrolló con total normalidad para como solían ser. De hecho, sonreía al comprobar en los archivos de su memoria, que había sido la fiesta más tranquila de su vida. Esta vez no hubo ningún compañero tirado en un sofá con síntomas de embriaguez insoportables. Tampoco recordaba a nadie vomitando la cena rusa en el baño de abajo. En definitiva, la casa de Alexei y “Dima” -como le llamábamos los más allegados- se mantenía en pie, sin haber sufrido ningún daño colateral. A punto de marcharse, Dima se aproximó con una copa de vodka solo en la mano izquierda, y una chica parisina enganchada literalmente de su brazo derecho.


-Querido capullo, ¿podrías echarme una mano con esta delicia? -sonreía graciosamente el dueño de la casa- Es que no se qué me ha dicho de que está caliente... ¡y quiere un par de hielos, idiota!


Dima era el tipo más sensacional que había conocido. Podía emborracharse con él tres días seguidos sin mencionar una palabra en serio, o podía mantener una conversación sobre la creación del universo sin hacer una sola broma. De lo que estaba seguro, era que este hombre se convertiría con el tiempo en uno de sus mejores amigos.


-Por cierto Phil, ésta es Alice, acaba de llegar de Le France. Amiga de sus amigos, encantadora, sincera, millonaria, y sobre todo querido “pringao”, NO alcohólica, lo cual significa que puede llevarnos de ruta por Dublin sin estrellar el coche contra el parlamento ja, ja, ja.


Dima se mofaba de todo, hasta de sí mismo. En un día de otoño, casi recién llegados, no se lo ocurrió otra idea que alquilar un coche para ir a la costa norte de Irlanda cinco o seis días. Lástima que olvidara que se conducía por la izquierda, y que por tanto las glorietas, se toman lógicamente por esa dirección. Si no es por las gestiones del gobierno ruso, el pobre idiota hubiera tenido que pagar los siete mil euros que costaba la columna que arrancó al intentar esquivar el autobús de la ruta 66 que venía por el otro sentido.


-Encantado Alice, espero que este cabeza buque no esté contándote una de sus hábiles gestiones con el ayuntamiento de Dublín -se presentaba Philipp con su exquisita educación alemana.

-¡Hey! Quedamos que eso se quedaría entre nosotros. Recuerda, uno para todos, y todos para uno. Eso decía Alejandro Dumas germano inculto -interrumpía Dima con su sonrisa de oreja a oreja.
-Chicos, no os peléis por mí. Las chicas francesas tenemos fama de aguantar lo que nos echen, ¿recordáis el dicho? Voulez-vous coucher avec moi ce soir? -dejaba Alice su delicada voz entre medias de los dos hombres.
-¡Lo ves Phil! Te dije que en este “cuatri” iba a venir por fin la chica de nuestros sueños.
-La chica de tus sueños, según me has comentado hace un par de minutos, la tienes en tu mano izquierda, y pide a gritos un par de hielos -en clara referencia a la copa.
-Pero como me cuidas, y lo mejor de todo, ¡te fijas en mis chicas! No te preocupes, que en cinco minutos me tienes de vuelta.
-Sólo espero que no te vayas sin despedir como haces siempre Herr Bunker -le llamaban así porque en su puesto de defensa central era difícil regatearle-.
Después de guiñarle el ojo, salió corriendo como una exhalación, sin embargo, no se derramó ni una gota de alcohol a la moqueta. Después de todo, eran estudiantes, uno aprendía a domesticar sus reflejos para no desperdiciar el caro brebaje.
-Así que, ¿eres alemán? -seguía sonriendo Alice.
-De Düsseldorff concretamente, al oeste de Alemania, cerca de Holanda.
-Preciosa ciudad -mientras parpadeaban sus preciosos ojos marrón avellana.
-¿Has estado alguna vez? -preguntó Phil absorto en los mismos.
-Claro. Mi hermana lleva cinco años viviendo en Colonia. Así que cuando voy a visitarla, siempre terminamos pasando unas horas en Düsseldorff. ¿Entonces te vas ya?
-Bueno, mañana debería levantarme temprano para hacer papeleos en Dublin...
-Vaya, es curioso, pero me habían comentado que los alemanes erais unos fiesteros...

Su sonrisa le hacía perder el sentido. No importaba la hora a la que tuviera que levantarse el día después, porque el sólo hecho de mirar su bello rostro, más le valía ni dormir en tres días si fuese necesario.


-Bueno, en ese caso, si tocas a la patria me obligas a quedarme. Tendré que tomarme una cerveza más para no pensar en el madrugón. ¿Me acompañas?

-Oui, monsieur -su sonrisa era tan pícara como atrayente.
Nunca había podido resistirse a una mujer bonita, pero esta vez era distinto. La muchacha tenía tanto morro, que le parecía irresistible. Desde el primer piso, bajando las escaleras como un rinoceronte enfurecido, bajaba Dima con su “renovada” copa.

Ya estaban los tres en plena lucha contra sus hígados. Desde esa fiesta, los tres fueron inseparables, al menos hasta que Dima se insinuó a Alice meses después...


-Mamá, lo siento mucho, no sé que me pasó –dijo el pequeño con voz arrepentida.

-Hijo, no puedes separarte así, sin avisarnos, sea la razón que sea ¿entendido? –replicó la madre de la forma menos irritada posible, debido a la tensión acumulada.
-Nos has dado un susto de muerte Daniel -secundó el padre con una voz tan baja y mustia que hasta Philipp desvió la mirada de la carretera y observó cómo los árboles les adelantaban de manera vertiginosa. Seguía tan tenso y enfadado por lo que pudo haber pasado, que sólo pensó en llegar a casa y desconectar.
-Ha sido un día largo para los tres, intentemos pensar que todo ha quedado atrás y que Daniel no lo volverá a hacer, ¿Verdad jovencito? –con el ceño fruncido a través del espejo retrovisor.
-Lo siento mucho papá…

La familia continuó en silencio a través de la senda de alquitrán por la que se deslizaba el coche, hasta que llegaron a su hogar, que yacía tan oscuro y silencioso que parecía haberse enterado de lo sucedido y esa era su forma de estar en duelo. La casa donde vivían era increíble, Dani siempre decía que le recordaba a la casa de El Resplandor y que solo faltaban las dos niñas que aparecían en el pasillo con el triciclo para ser una copia total. Horas y horas pasaba jugando entre sus paredes, tanto que a veces preocupaba a sus padres tanta soledad. No salía mucho con los compañeros del colegio, ni tampoco con Ryan, el vecino que vivía justo en frente y que cada tarde le llamaba para jugar a la Gameboy. Sin embargo, Dani seleccionaba las visitas de un modo un tanto extraño para un niño de tan solo nueve años. A veces no veía a Ryan ni siquiera una vez a la semana, haciendo que el otro pequeño se fuese rechazado y cabizbajo al no poder jugar con Dani. Sus padres seguían teniendo la sensación de que jugaba más con los dichosos espejos, que con los chicos de su edad.


La “casa de El Resplandor” era increíble, Dani no comprendía la obsesión de sus padres por salir a jugar fuera, ¿pero es que no habían visto las posibilidades de la casa? era impresionante, no entendía tampoco las prisas de Ryan cada vez que venía por abandonar la casa e ir fuera a jugar, ¿de qué tenía miedo?


El caso es que a la accidental llegada del mercadillo, por primera vez sintió un intenso escalofrío al mirar la casa, fue nada más bajar del coche, en el mismo momento en que su padre se percató de lo que llevaba su hijo entre las manos.


-Dani, ¿Qué es eso? ¿Donde lo has encontrado? -preguntó Philipp intrigado, pero también alertado.

-Me lo regaló una señora mayor papá, tenía un puesto de chucherías y me dio una piruleta y…
-¡Daniel, cuantas veces te he dicho que no aceptes cosas de extraños! -chilló Alice interrumpiendo y dando la sensación de que los nervios habían dado cuenta de ella.
-Mamá, era una señora mayor… ellas nunca hacen cosas malas -sonrió timorato.
-Alice, cálmate, es tarde, mañana veremos las cosas de otra manera -intentaba sin éxito Philipp calmar a su esposa.

Entre lágrimas, la madre se marchó subiendo las escaleras con la velocidad de una cebra escapando de un tigre rabioso.


-Deja el puto espejo en la cocina y márchate a dormir, mañana hablaremos.

-Sí papá…

Había sido un día muy largo para la familia Mitchel, así que ni cenaron y se marcharon a dormir nada más llegar. Philipp, por su parte, había decidido quedarse un rato en el salón intentando no pensar. Estaba demasiado exaltado para dormir, y demasiado nervioso para hablar con Alice de nada. Creyó mejor quedarse abajo hasta que ella cayese dormida, descansar, y hablar de todo al día siguiente, con la tranquilidad de saber que su pequeño seguía con ellos pese al susto tremendo de horas atrás. Sediento, se incorporó y anduvo hasta la cocina para coger un vaso de agua cuando vio el espejo inerte colocado en el centro de la mesa, con una especie de sábana cochambrosa que lo cubría en su totalidad.


Alice fue a arropar a al pequeño como siempre, no quería que Dani notara más hostilidades pese al susto, así que intentó actuar con normalidad. Sin embargo, en su rostro pudo observar un temor que nunca antes había apreciado en su hijo. Estaba pálido como la bata de un médico y sus ojos miraban perdidos por alrededor de la habitación casi sin parpadear.

-Hijo, siento que mamá te haya chillado, ¿vale? pero no sabes lo preocupada que estaba por ti, pensé que te habían llevado a algún sitio, pensé que…

Alice rompió a llorar y solo pudo abrazar fuertemente a su hijo mientras las lágrimas empapaban la sábana de muñequitos de nieve que la abuela Cloe le había regalado por navidad. Comenzaba a temblar, no podía ni imaginar lo que sería empezar una nueva y desgraciada vida sin su único vástago. Sólo tenía fuerza para llorar.


-Mamá…

-Dime, mi pequeño -aún entre sollozos.
-Lo siento de veras…
-Venga duérmete, es muy tarde. Mañana será un día mucho más tranquilo -insinuó Alice al muchacho mientras se levantaba de su lado.
- Mamá…
- ¿Sí?
- No quiero que tiréis el espejo.

lunes, 15 de octubre de 2012

Espejos (Mirrors) - Capítulo Primero




Capítulo primero

Siempre le había dicho su madre que no aceptara cosas de extraños,  pero es que desde el comienzo de su niñez le habían entusiasmado los espejos, y no pudo resistirse a sus encantos. No sabía exactamente el por qué, pero le encantaba ver como las sombras se proyectaban en ellos por las noches. Una simple linterna bastaba para poder observar aquello que los mayores no podían percibir, aquello por lo que verdaderamente disfrutaba. El no era de tener muchos amigos, le sobraba con sentarse a oscuras en el frío y viejo ático de sus abuelos para experimentar lo que los espejos le mostraban. Sus padres siempre le atosigaban con falacias del tipo: “¿Por qué no vas con tus amigos a jugar?”, “¿Quieres que vayamos a ver a los primos?”, pero Dani lo ignoraba por completo. Su soledad no era más que una sombra alargada que suscitaba felicidad. Dicho estado de placidez se definía en un total desconocimiento de lo que los espejos podían reflectar. De hecho, nadie conocía su verdadero poder, muchos hoy en día se siguen pensando que están formados de cristal, reflejan la realidad, etc. Sin embargo, la realidad es mucho más cruda de lo que pueda aparentar su reflejo. 
Hacía un frío estremecedor esa noche, la lluvia repiqueteaba en el techo del coche como puños de agua. Absorto, Dani miraba en silencio a los dos brazos en forma de parabrisas esmerándose por expulsar las gotas de agua hacia los costados. El vehículo hacía lo que podía para continuar por el río de asfalto, pues la lluvia no cesaba. La pausa de un semáforo en rojo hizo que por primera vez se quebrara el silencio. 
-Sí que está cayendo una buena, ¿eh? -desafió el padre de Dani al silencio.
-Sí -aceptó el muchacho el desafío con voz casi imperceptible. 

Alice y Philipp sabían que su hijo no hablaba mucho. Nunca lo había hecho. 
Y no porque tuviera un problema de autismo -como había sugerido su profesor- sino porque parecía sentirse más cómodo en silencio que cuando hablaba. De hecho, les sorprendía que su comportamiento cambiara cuando estaba en presencia de sus abuelos. Parecía otro niño. Desde que comenzó a hablar, y coincidiendo casi de forma simultánea con el nuevo puesto de trabajo de Alice, cuando Dani se quedaba en casa de sus abuelos hasta que su madre acababa la jornada laboral, era la experiencia más agradable de toda el día. Quizá el hecho de tener ese luminoso ático en el último piso tenía algo que ver. Allí, el pequeño se encontraba como pez en el agua. Nadie le molestaba, no había prácticamente ruido de fondo, de hecho, apenas se escuchaban los fogones de la cocina de Cloe mientras preparaba esas deliciosas natillas caseras que tanto entusiasmaban a Dani. El ático estaba sumido en una perfecta oscuridad, gracias en parte a las cortinas que Alice había hecho unos años atrás. Sin embargo, cuando se abría el ataúd de tela, la luz penetraba en aquella instancia con la fuerza de mil soles. Curiosamente, allí nadie le decía que hablaba poco, quizá por esa tranquilidad que sólo sus abuelos podían proporcionarle. 

El coche lentamente iba aminorando la velocidad hasta quedar estacionado en un barrizal de arena mojada. Cuando el coche entreabrió sus alas, la ventisca de viento y lluvia golpeó en el rostro de la familia. Los cabellos de Alice se aliaban con la tormenta como un fiel lacayo, pareciendo formar parte del ejército de viento. Corriendo como gacelas ante el ataque del rey de la selva, llegaron a la única parte del recinto que estaba cubierta. Atestada de gente, la jauría de agua horizontal seguía delimitando el paso, y ralentizaba los minutos hasta parecer horas. 

-¿Cómo puede haber tanta gente pese a estar lloviendo a mares? -secundó Philipp al aullido del viento.
-Lo mismo pensarán ellos de nosotros, querido -irónicamente replicó su mujer dejando entrever que no tendrían que haber venido en una noche tan lluviosa.
-No te enfades Al, sabes perfectamente que hoy era el último día, y además, ¡adoro los mercadillos medievales!
-De verdad... me tenía que haber casado con ese chico búlgaro tan guapo que me presentó Harán en Liverpool -atacaba con una preciosa sonrisa malvada Alice.
-Nunca te han gustado los búlgaros y lo sabes... son raros -se defendía como podía Philipp.
-¡Envidioso! -gritaba a la vez que guiñaba un ojo a Dani, el cuál hacía una mueca parecida a una media sonrisa. 

Este tipo de conversaciones siempre le hacían sonreír; hasta cierto punto, el pequeño adoraba las discusiones en tono de humor, le hacían divertirse. En cierto modo, pensaba que simplemente lo hacían para llamar su atención y hacerle reír. Por contra, lo pasaba realmente mal cuando sus padres regañaban en serio. Odiaba eso. Aún recordaba la vez en que su padre había llegado muy borracho de una cena con sus ex-compañeros de universidad de Maynooth, aparcando el coche encima de la acera y siendo traído por la Garda en condiciones deplorables. Alice comenzó a refunfuñar palabras en francés -siempre le salía su lengua materna cuando estaba realmente cabreada- mientras pedía sonrojada disculpas a los agentes. Una vez se fueron, ni corta ni perezosa metió a su marido en la ducha, con ropa incluida, y pese a las quejas de Philipp, se quedó impertérrita esperando que la resaca diera la bienvenida al hombre. En vez de eso, lo que sucedió fue una escena que Dani nunca quiso haber presenciado, pero que sin embargo, seguía metida dentro de su cabeza como la peor escena sangrienta de una película de terror. Philipp se levantó empapado de la ducha y empezó a replicarla en tono amenazante, que si volvía a hacer eso, la tiraría por la ventana. Después de descender a la cocina gritándose el uno al otro por toda la casa, la guerra verbal continuó entre fogones. A Dani le aterrorizaba la idea de la separación, de hecho, en el cole, muchos de sus compañeros estaban siendo resquebrajados de la unidad familiar, y él, no quería formar parte de esa estadística.

-Mirad chicos -señaló el padre al cielo- parece que por fin está escampando.
Aunque la sombra de la noche iba deslizándose sobre Dublin, se podía percibir vagamente como la luna se hacía hueco entre las nubes de manera tímida. A los pocos minutos, toda la gente estaba andando por el barrizal de Croke Park, mirando puestos, comparando precios y observando de reojo al cielo a ver si la tregua seguía en pie. 

Era curioso cómo le encantaban los mercados medievales. Aún rememoraba cada año, a modo de extraño aniversario, la aparición de lo que él llamaba “la mejor adaptación de un libro nunca vista”. Alice, de hecho, no quería saber nada del lado más “friqui” de su marido, y en cuanto metía el primer DVD de El Señor de los Anillos, huía del salón a la misma velocidad que un atún lo haría de una ballena. Cuando se conocieron, era igual. No debía sorprenderse de que cada año tuvieran que cruzar todo Dublin para estar las dos o tres horas de rigor viendo cimitarras musulmanas del siglo XV, harapos bereberes del IX, escudos romanos de la edad de hierro, etc. Cualquier cosa podía encontrarse en ese mercado, la verdad. Hace dos años, después de varias ediciones del evento, por fin encontró la cota de malla con la que Elijah Wood encarnó a Frodo Bolsón en La Comunidad del Anillo. 

Sin embargo, este año todo parecía torcerse por momentos, ya no sólo por el día marcado por la lluvia, también por el extraño cambio que Dani había dado. Incluso varios de sus profesores habían solicitado más de una reunión con ellos, debido entre otras cosas a su imparable bajón académico, y también por su alejamiento con sus compañeros de clase. Según los profes, como los pequeños les llamaban, Dani pasaba la mayor parte del recreo en completa soledad, sin menor compañía que su propia sombra. Alice le había preguntado mil veces el por qué de su interés por los espejos, pero la única respuesta que solía recibir era: lo que me dejan ver a través de ellos. 

Se separó de sus padres un solo instante. Una suave ráfaga de viento se deslizó por detrás de su espalda, como si el susurro de una mano hubiese pasado cerca. Pese a todo, se giró, intranquilo, y observó un puesto realmente extraño. Daba la sensación de que nadie lo podía ver, pues la gente pasaba de largo, no percatándose de su mera existencia. 

La lluvia, gracias sin duda a las plegarias de Philipp, había cesado por completo, aunque el barro luchaba consigo mismo por no desaparecer, como la “nada” en La Historia Interminable. Perezosamente, Dani se separaba de sus ocupados padres; alejándose de ellos como una mariposa abandona su crisálida. La intranquilidad le rodeaba de un incómodo silencio, que contrastaba con el bullicio de los transeúntes. Se acercó ante la llamada de la señora mayor que lo regentaba. No se escuchaba un alma, desde el primer contacto con el pequeño puesto, parecía que la atmósfera se había separado de la corteza terrestre. Aquella sensación de desasosiego se incrementaba por momentos. 

Dani permanecía a unos tres metros del puesto, pues no se atrevía a desafiar la extraña mirada de aquella anciana. Era bajita, poco más alta que el propio Dani, los gusanos de su piel parecían no transportar sangre, pues su tez era tan blanca como la luz de la luna. Su espalda estaba encorvada hacia abajo, dando la sensación de ser incluso de menor tamaño si cabe; sus manos dejaban entrever los estragos de la edad, anchas carreteras de arrugas serpenteaban hacia el interior de las negras mangas. Unas deformes y afiladas uñas amenazaban con resquebrajarse en pedazos, su color, un repulsivo y pálido añil, dejaba un malestar estomacal en Dani. Sus pupilas eran blancas, de hecho, el chico pensó enseguida en alguna película de terror para buscarle semejanza. Eran ojos que daban miedo. Aquella señora tenía una voz con marcado acento eslavo que verdaderamente ponía el vello de punta. La distancia de tres metros se fue acortando, y el pequeño, bien por miedo o por lástima, se acercaba sigilosamente al puesto regentado por la misteriosa anciana, cuando esta de repente, despegó lo que se asemejaba a unos labios: 

-Me alegra que puedas verme pequeño, eso demuestra que eres especial ¿quieres una piruleta? -Preguntó la vieja con voz queda.
-Una de fresa -dubitativo el niño, casi imperceptible.
-Eso está hecho pequeño.
-¿Por qué no vendes cosas?
-Bueno, me educaron para regalárselas a las personitas especiales, como tú -desafío la anciana.
-No soy especial.
-Estoy segura de que lo eres, pero no lo sabes. ¿Por qué no aceptas este otro regalo? Apuesto a que te gusta incluso más que la piruleta -deslizando su encorvado y deformado cuerpo, la anciana se escabulló en los bajos de su destartalado puesto y sacó del mismo una especie de espejo de un tamaño considerable. El pequeño pareció perder todos los nervios de una tacada, y de un felino movimiento arrancó el espejo de las endebles manos de la diminuta vieja. 

Sin mediar más palabras, Dani tenía entre sus débiles manos un espejo tapado con una especie de colcha que ocupaba casi la mitad del tamaño del chico. Justo en ese momento una sensación se apoderó de sus sentidos, no pudo explicarlo con palabras porque casi no podía respirar, el corazón le latía a tanta velocidad que parecía que iba a salirse de su pecho, y el pulso le fallaba casi dejandocaer el espejo al suelo.

Un sudor frío le llenaba la frente como una fuerte lluvia en el rostro, pero no podía soltar el espejo aunque quisiera. En ese preciso instante, cerró los ojos y creyó entrar en una oscura dimensión de sensaciones. Una fría capa negra se coló entre sus párpados haciéndole estremecer, un torrente de maldad quizás demasiado cruel para que un niño de nueve años pudiera soportarlo. 

En el fondo del siniestro pasillo en el que Dani se encontraba yacía una figura que se acercaba poco a poco. Era una oscuridad enfermiza, que no le dejaba respirar. Atónito, con los ojos abiertos como platos, incapaz siquiera de gritar, paralizado por el miedo, sentía tal horror, como si unas manos apretaran su cuello preparándole para una muerte agónica. La sombra se detuvo al final de la tiniebla y desapareció entre las grises brumas de aquel extraño mundo, Dani deslizó sus ojos hacia abajo y recordó que entre sus manos seguía aquel misterioso espejo que la anciana le había entregado. No pudo hacer otra cosa que mirarlo y quedarse totalmente anonadado de lo que estaba viendo, algo que nunca podría olvidar, tan espantoso que hizo que no parpadeara durante miles de minutos, al menos así de largo le pareció al pequeño hasta que de repente algo le agarró por el hombro y le sacó de su letargo, ese brazo le sacó de esa maldita pesadilla y como si de encender la luz se tratara, apareció de nuevo en las afueras del mercadillo, donde su madre desconsolada, llorando le esperaba a unos pocos metros de donde él y el policía que le agarraba estaban.

Dani sólo recordaba el horror que había pasado en aquel bizarro mundo de oscuridad y ruidos infernales, por no hablar de la siniestra sombra que había en el horizonte…

Entre los meneos del policía pudo girar su cabeza y observar que no había ningún puesto en ningún lugar. No lo podía comprender, porque estaba seguro de que estaba allí, de haber hablado con la anciana, de la piruleta que le había ofrecido, también recordó que la gente parecía ignorar ese puesto pero… ¿qué estaba ocurriendo?

¿Por qué había tantas luces de policía girando sin parar? tantos murmullos, un montón de gente mirándole mientras el policía le llevaba hasta sus padres. Todo era tan confuso que no podía entender nada, sólo deseaba volver a casa, y por supuesto, no soltar el espejo...