http://lecturaobligada.wordpress.com/2014/03/09/alvaro-navas-nos-presenta-espejos/
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domingo, 30 de marzo de 2014
Entrevistas concedidas en varios medios
Os dejo los enlaces para su lectura. Un saludo.
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domingo, 22 de diciembre de 2013
Bienvenidos a lo que ya es la página web oficial de mi novela "Espejos".
Con ella en marcha, tendréis la oportunidad de hacer comentarios sobre la misma, conocer más datos del autor y novedades varias que os iré contando.
Muy contento de haber comenzado con esta andadura, estoy deseoso de saber vuestras opiniones para seguir mejorando de cara a la segunda - que viene de camino.
Agradeceros una vez más a los que la adquiristeis en las diferentes presentaciones, y como no, a la gente que aún se anima a pedirlas por la web de la editorial. Un gran abrazo a todos ellos (:
¿Te atreverás a mirar?
martes, 29 de octubre de 2013
Otro medio se hace eco de "Espejos"
Gracias a nuestros amigos de "Librotecando", que han hecho una gran puesta en escena de lo que la novela pueda llegar a ser, "Espejos" tiene nueva mención en las redes.
Ya podéis echar un ojo a su interesante blog, donde multitud de aspectos literarios son tratados. Además, existe una eficiente muestra de autores noveles y consagrados en forma de reseña.
¡Muchas gracias!
Ya podéis echar un ojo a su interesante blog, donde multitud de aspectos literarios son tratados. Además, existe una eficiente muestra de autores noveles y consagrados en forma de reseña.
¡Muchas gracias!
http://librotecando.blogspot.com.es/2013/10/novedades-literarias-espejos.html
¡Un mes nada más!
¡Menos de un mes!
Será en la "Casa de Zamora" de Madrid. Calle Tres Cruces 12 (Metro Gran Vía - es una calle paralela a Montera). Las puertas se abrirán a las 18:05 de la tarde del día
30 de Noviembre
30 de Noviembre
Ojalá podáis asistir todos, lectores y amigos, pues será un bonito recuerdo y un orgullo saber que me habéis apoyado en esta aventura.
¡Un abrazo!
P.D.: Aquí os dejo el enlace oficial, por si queréis apuntaros a él
miércoles, 2 de octubre de 2013
Presentación de "Espejos"
¡Buenas a todos!
Tengo el inmenso placer de anunciaros que la presentación de la novela tiene por fin fecha y lugar.
Será en la "Casa de Zamora" de Madrid. Calle Tres Cruces 12 (Metro Gran Vía - es una calle paralela a Montera). Las puertas se abrirán a las 18:05 de la tarde del día
30 de Noviembre
30 de Noviembre
Ojalá podáis asistir todos, lectores y amigos, pues será un bonito recuerdo y un orgullo saber que me habéis apoyado en esta aventura.
¡Un abrazo!
P.D.: Aquí os dejo el enlace oficial, por si queréis apuntaros a él
jueves, 12 de septiembre de 2013
Primera Mención como Autor
Desde la bella Huelva, me acaba de llegar una mención muy especial como autor. El equipo de "Reflejo de Sentimientos" ofrece una breve biografía y un resumen de "Espejos" para ir abriendo boca antes de su publicación -allá por Noviembre de 2013.
Muchas gracias a Leticia por su tiempo, espero que la obra guste tanto como el interés que has mostrado tú.
Echad un ojo a su interesante blog, que habla de todo el espectro del arte: poemas, pintura, literatura, etc.
De igual modo, os dejo el enlace directo donde aparece la información que a mi respecta.
reflejodesentimientos.blogspot.com
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viernes, 28 de diciembre de 2012
The Hobbit
Vuelta a la comarca. Por fin llegó la hora de disfrutar del universo Tolkien. Pasados casi diez años desde la sublime "El Retorno del Rey", Peter Jackson vuelve a contar la particular historia del autor sudafricano J. R. R. Tolkien.
Cuando el cine se pone a oscuras, el espectador se sumerge en los bellos parajes de la comarca (rodados como sabréis en Nueva Zelanda), y lo hace de lleno. El esplendor con que Jackson dirije la cámara es puro espectáculo. Los ángulos cenitales otorgan a la dirección de un papel esencial para mantener la frenética escala de aventuras de la película.
Esencia. Quizá ésta sea la palabra que resume mejor lo que los ciento sesenta minutos de magia proponen. Una especie de vuelta al maravilloso orígen de la anterior trilogía. Mágica a todos los efectos. Y es que la sensación de volver a sentir aquellos parajes, aventuras y diálogos muy fluidos se acrecenta cuando el film se inicia. Esto es bueno, y por desgracia, malo. Por el lado positivo encontramos la certeza de que el mundo elegantemente propuesto por el director noezelandés sigue en pie, y con muy buena forma. Los momentos humorísticos son mayores, la dósis de aventuras prácticamente iguala -o incluso supera- las de las otras películas y el emocionante ritmo no decae en ningún momento haciéndote pasar las casi tres horas como si fueran tres minutos.
Por contra, y lamentablemente, el cerebro humano tiende a comparar elementos parecidos por muy diferentes que parezcan. Y si lo hacemos aquí, "El Hobbit" tiende a salir ligeramente perjudicado. Sé que es injusto el término "comparación", pero es inevitable. Por culpa del éxito que la anterior trilogía ha bebido, la sensación algo diáfana que queda al finalizar esta primera parte es relativa. No es vacío, no llega exactamente a ser un arrepentimiento -pues la cinta está muy bien hecha, y entretiene mucho-, pero otorga un halo de desilusión gradual, que va creciendo hasta el insulso -y climático, como no podía ser de otra forma esperando dos espisodios más- final.
La reunión de los poderosos allanará el camino a seguir
Mero entretenimiento. La historia tarda en arrancar, pero lo hace con empuje y colma las ganas de los más puristas con la aparición de Frodo. De hecho, antes de comenzar con el flashback principal, que da vida a "El Hobbit", Bilbo y Frodo coinciden varias escenas durante la preparación de la "despedida" de Bilbo. Es aquí donde el espectador vuelve a sonreír al imaginar todo lo que luego sucederá. Si unimos mentalmente todas las secuencias que quedan en la cabeza, la diversión no nos abandonará en todo el metraje.
Los cameos son, en general, otro de los puntos fuertes de la película. Sirven para aliviar el exigente lado purista, y suman para el resto de perfiles que vean la cinta. En ambos casos, ver caras conocidas ayuda a mantener ambos universos unidos, y eso nunca puede ser malo. Volvemos a observar a un Saruman "bueno", donde sesenta años antes aún no existía la traición que tuvo lugar durante la trilogía posterior, y esto también está muy bien conseguido, haciendo que te olvides por completo de posteriores trifulcas entre los protagonistas. Esto dice mucho de la atmósfera y del ritmo alto que mantiene en cuanto a tensión y acontecimientos. La película, repito, es muy digna. Pero...
Los graciosos -y estúpidos- trolls, una de las partes más ingeniosos del film
El humor es, sin duda, uno de los grandes guiños al libro de Tolkien. Perfectamente adaptado, por otra parte, los golpes de humor son seña de identidad durante todo el metraje. El guión firmado por hasta cuatro personas -entre ellos Guillermo del Toro, principal ideólogo de la idea hasta que abandonó el proyecto- está perfectamente asociado al libro -incluso más fiel que la anterior adaptación- y su frescura hace más llevadera la carga de minutos un tanto insustanciales.
Sí, hay demasiados minutos "discutibles". Esta sensación es incómoda, porque el espectador, cuando ve este tipo de aventuras, tiende a querer que los acontecimientos se cuenten con detalle... pero quizás no tanto. La verdad es que no tiene pérdida, todo está contado a las mil maravillas, pero al salir del cine, con sólo abrir las orejas un poco se puede escuchar lo que todos pensamos: ¿Por qué tres películas? En efecto, la opinión que antes contaba es mútua entre los asistentes. Da la sensación de que han querido empacar demasiado durante otras nueve horas (divididas en tres partes), y las trescientas treinta páginas de "El Hobbit" no dan para tanta película. Es obvio, la gallina de los huevos de oro va a funcionar, pero el espectador es inteligente. No se deja amedrentar por números, lo que quiere son hechos. Aquí es donde lamentablemente el film decae ligeramente con respecto a los anteriores. Se han adornado demasiado en detalles bastante banales -sabemos que hay trece enanos, pero, ¿es necesario presentarlos a todos?- Para gustos, los colores, pero yo creo que unos cuarenta minutos totales sobran definitivamente. Esta reducción de metraje innecesario habría dado un impulso al ritmo. No obstante, los productores saben del buen hacer de Jackson, y el dinero volverá a las arcas en mayor cantidad dividiendo entre tres, en vez de entre dos. Pues dos películas habría sido ideal.
Una pena, pero los hechos mandan. Repito y resumo, no es que la película esté mal, no hay arrepentimiento, no deja un vacío perenne, pero honestamente, deja algo que desear. La atmósfera se mantiene -o incrementa-, los paisajes son impresionantes, la música es reveladora y elegante a partes iguales. Todo. Todo en general está bien, pero si lo miramos desde el lado más particular y puro, que es el visionado, podremos observar que le falta algo -en este caso, casi que le sobra- que hubiese mantenido mejor las ganas terribles que tendríamos de ver la segunda parte. En mi caso, ya no me muero de ganas de hacerlo. Podría incluso decir que no iré a verla en la primera semana. Y esto es algo impensable cuando apareció "Las Dos Torres", puse pies en polvorosa para verla el mismo día del estreno. ¿Ha perdido el factor sorpresa? Evidentemente, ni lo comento. Es obvio. La peli no sorprende, pero no queremos que lo haga. Lo que queremos -y hay que aplaudir porque lo han conseguido a la perfección- es rememorar aquellos mágicos momentos rodeados de hobbits, enanos y trasgos que pelean por su propia identidad. Maravilloso colofón de paisajes que agradan la vista del espectador, creando vida desde el inicio, dando ese toque personal que sólo Jackson puede dar. Es algo grande, la película es grande. Sin embargo, entiendo a gente que pueda haberle dejado con ganas de más, y gente que pueda coincidir con lo que aquí narramos. Puede que le sobren cosas para unos, o que le falten para otros, pero lo que está claro es que "El Hobbit" entretiene, impresiona y rememora momentos anteriores con espectaculares efectos especiales y elenco de actores muy bien elegido. Os toca a vosotros decidir. Esto es un viaje inesperado...
sábado, 8 de diciembre de 2012
Luna Sangrienta
Cuenta la leyenda que la luna trae consigo la maldad más absoluta y etérea de todas las perceptibles. Dicen la luna ha engendrado monstruos en el útero de mujeres humanas. La Diosa de las brujas por excelencia, más conocida como Hécate, fue una devota de la luna e iba acompañada por una jauría de perros infernales, que la guiaban para sembrar al mundo de impiedad.
Muchas son las leyendas que el astro muerto nos ha ido otorgando a lo largo de la historia de la literatura. Muchos son también los dichos de mal fario que se le atribuyen. "La cara oculta de la luna", ese lugar que nunca se ve, que no deja nada a la vista, puede hacer residir el mayor mal jamás encontrado.
El gran Ramsey Campbell se sitúa otra vez varios pasos adelante en cuanto a calidad narrativa con respecto a otros autores más famosos, pero sin duda, menos prestigiosos que el inglés de Liverpool. Haciendo un tributo elegante de un genio del género como es H.P. Lovecraft, Campbell sitúa el onírico mundo de criaturas y deidades diabólicas de otro mundo en el contemporáneo norte de Inglaterra. La influencia con respecto al autor norteamericano es sustancial, como así lo son las enfermizas criaturas que se alimentan de la luna para catalizar a la eternidad de la oscuridad.
La extensión de la novela es incalculable. No sólo por el número de páginas, que es bastante mayor que cualquier otra de sus obras, sino por el complejo catálogo de personajes que aparecen en ella. Entre el vaivén de máscaras, Diana Kramer puede considerarse como el principal. La jóven, maestra norteamericana que viene a trabajar a la pequeña aldea de Moonwell (interesante juego de palabras en inglés), empieza a impregnarse de las particularidades de la pequeña zona rural que la ocupa. Con el paso del tiempo, su escepticismo, relacionado con el culto a la luna, las costumbres extrañas de los aldeanos y el confuso entorno -donde el pueblo queda sumido en tinieblas entre árboles, se va disipando, creando un vínculo perdido entre la realidad vecinal y lo que verdaderamente sucede en aquel pueblo.
Los bosques mencionados en el párrafo anterior tienen una importancia clave en el desarrollo de los acontecimientos durante la novela. Al parecer, el nombre del pueblo "Moonwell" (algo así como "pozo lunar", si separamos cada significado aparte), deriva de una mastodóntica marmita de granito rodeada de por unos brezales, en lo alto del monte. Con la brillante narrativa descriptiva del autor inglés se puede percibir que por grandes que los muros sean, la profundidad de aquel cráter no se nota ni con la mayor luz solar. Impresionante el papel de la oscuridad en el libro. Inmejorable la capacidad descriptiva del autor inglés.
No obstante, la complejidad de la novela no permite contar bien los detalles que lo acontecen. Es tanta la información, los personajes y sus interacciones, que el lector puede perderse en varias ocasiones, quedando una sensación de sobrecarga de información. Aún así, recuerdo haber pasado miedo -contexto realista aparte- leyendo las situaciones rocambolescas que la tiranía y el fanatismo religioso dejan entrever en una sociedad moderna cualquiera. Ahí entra el papel del fanático religioso que sume al pueblo en la más estrecha soledad: Godwin Mann. El predicador, lava el cerebro a la mayoría de la gente, queriendo mostrar el gran poder del Dios lunar. Para ello, acampa cerca de los brezales para estar cerca de su deidad. En un momento de demencia, decide descender a la gigante marmita para comprobar la fuerza espiritual de su creencia. Lo que encontrará ahí abajo no se resuelve con una camisa de fuerza...
Narración. De nuevo, la piedra angular del autor brilla con luz propia. Quizá no sea esta última la mejor metáfora, pues el pueblo es sepultado en la más tenebrosa oscuridad en un momento dado de la novela. Gracias a la prosa tan cuidada -a veces demasiado detallista- y algo pesada del inglés, la ambientación se convierte en un hervidero de eficaz terror. La gente huye despaborida hacia ningún lado, pues nadie puede abandonar el pueblo. Algo no permite la huída. Algo siniestro y puro, la maldad más absoluta. La que más hambre tiene...
Los terroríficos sucesos aumentan en intensidad a partir de la segunda mitad de la novela. Y cuando lo hacen, no dejan títere con cabeza. La acción, -especialmente desde la aparición de Mann en su vertiente más fanatista- aleja el halo de realidad y cordura que Diana intenta mostrar, cambiándolo por un horripilante maná de maldad. La meticulosidad con la que Campbell cuenta lo que sucede es tremendamente efectiva. Lenta, densa, pero firme y muy fluida, el ser humano abandona toda esperanza, las relaciones entre personajes se quiebran, y la oscuridad -bendita oscuridad- se apodera de todo el rencor de la sociedad.
Para el final de la novela, es prácticamente seguro que el lector no recordará más de tres o cuatro personajes -de los cientos que aparecen en algún momento-, pero lo que es indudable es que la sensación de agonía relatada se quedará impregnada en la corteza cerebral. Ramsey Campbell es un genio de la descripción. Tiene un don para ubicar al hombre en el plano más controvertido de la conducta humana, y junto con los movimientos de la luna, algo místico, mágico, inmortal, aparece de la nada. Como nada quedará al terminar de leer esta magnífica oda a la falta de luz.
Muchas son las leyendas que el astro muerto nos ha ido otorgando a lo largo de la historia de la literatura. Muchos son también los dichos de mal fario que se le atribuyen. "La cara oculta de la luna", ese lugar que nunca se ve, que no deja nada a la vista, puede hacer residir el mayor mal jamás encontrado.
El gran Ramsey Campbell se sitúa otra vez varios pasos adelante en cuanto a calidad narrativa con respecto a otros autores más famosos, pero sin duda, menos prestigiosos que el inglés de Liverpool. Haciendo un tributo elegante de un genio del género como es H.P. Lovecraft, Campbell sitúa el onírico mundo de criaturas y deidades diabólicas de otro mundo en el contemporáneo norte de Inglaterra. La influencia con respecto al autor norteamericano es sustancial, como así lo son las enfermizas criaturas que se alimentan de la luna para catalizar a la eternidad de la oscuridad.
La extensión de la novela es incalculable. No sólo por el número de páginas, que es bastante mayor que cualquier otra de sus obras, sino por el complejo catálogo de personajes que aparecen en ella. Entre el vaivén de máscaras, Diana Kramer puede considerarse como el principal. La jóven, maestra norteamericana que viene a trabajar a la pequeña aldea de Moonwell (interesante juego de palabras en inglés), empieza a impregnarse de las particularidades de la pequeña zona rural que la ocupa. Con el paso del tiempo, su escepticismo, relacionado con el culto a la luna, las costumbres extrañas de los aldeanos y el confuso entorno -donde el pueblo queda sumido en tinieblas entre árboles, se va disipando, creando un vínculo perdido entre la realidad vecinal y lo que verdaderamente sucede en aquel pueblo.
Los bosques mencionados en el párrafo anterior tienen una importancia clave en el desarrollo de los acontecimientos durante la novela. Al parecer, el nombre del pueblo "Moonwell" (algo así como "pozo lunar", si separamos cada significado aparte), deriva de una mastodóntica marmita de granito rodeada de por unos brezales, en lo alto del monte. Con la brillante narrativa descriptiva del autor inglés se puede percibir que por grandes que los muros sean, la profundidad de aquel cráter no se nota ni con la mayor luz solar. Impresionante el papel de la oscuridad en el libro. Inmejorable la capacidad descriptiva del autor inglés.
No obstante, la complejidad de la novela no permite contar bien los detalles que lo acontecen. Es tanta la información, los personajes y sus interacciones, que el lector puede perderse en varias ocasiones, quedando una sensación de sobrecarga de información. Aún así, recuerdo haber pasado miedo -contexto realista aparte- leyendo las situaciones rocambolescas que la tiranía y el fanatismo religioso dejan entrever en una sociedad moderna cualquiera. Ahí entra el papel del fanático religioso que sume al pueblo en la más estrecha soledad: Godwin Mann. El predicador, lava el cerebro a la mayoría de la gente, queriendo mostrar el gran poder del Dios lunar. Para ello, acampa cerca de los brezales para estar cerca de su deidad. En un momento de demencia, decide descender a la gigante marmita para comprobar la fuerza espiritual de su creencia. Lo que encontrará ahí abajo no se resuelve con una camisa de fuerza...
Narración. De nuevo, la piedra angular del autor brilla con luz propia. Quizá no sea esta última la mejor metáfora, pues el pueblo es sepultado en la más tenebrosa oscuridad en un momento dado de la novela. Gracias a la prosa tan cuidada -a veces demasiado detallista- y algo pesada del inglés, la ambientación se convierte en un hervidero de eficaz terror. La gente huye despaborida hacia ningún lado, pues nadie puede abandonar el pueblo. Algo no permite la huída. Algo siniestro y puro, la maldad más absoluta. La que más hambre tiene...
Los terroríficos sucesos aumentan en intensidad a partir de la segunda mitad de la novela. Y cuando lo hacen, no dejan títere con cabeza. La acción, -especialmente desde la aparición de Mann en su vertiente más fanatista- aleja el halo de realidad y cordura que Diana intenta mostrar, cambiándolo por un horripilante maná de maldad. La meticulosidad con la que Campbell cuenta lo que sucede es tremendamente efectiva. Lenta, densa, pero firme y muy fluida, el ser humano abandona toda esperanza, las relaciones entre personajes se quiebran, y la oscuridad -bendita oscuridad- se apodera de todo el rencor de la sociedad.
Para el final de la novela, es prácticamente seguro que el lector no recordará más de tres o cuatro personajes -de los cientos que aparecen en algún momento-, pero lo que es indudable es que la sensación de agonía relatada se quedará impregnada en la corteza cerebral. Ramsey Campbell es un genio de la descripción. Tiene un don para ubicar al hombre en el plano más controvertido de la conducta humana, y junto con los movimientos de la luna, algo místico, mágico, inmortal, aparece de la nada. Como nada quedará al terminar de leer esta magnífica oda a la falta de luz.
sábado, 17 de noviembre de 2012
Espejos (Mirrors) Capítulo Tercero
Capítulo Tercero
—¿Qué crees que ha podido llevarle a separarse de nosotros? —preguntó Alice a su marido, que seguía absorto mirando el espejo.
—No puedes saber lo que pasa por la cabeza de un niño de nueve años —añadió toscamente Philipp, con la mirada fija en su propio rostro reflejado en el espejo.
—Es la primera vez que se escapa así Phil, ¿algo le ha tenido que pasar?
—Ali, déjalo estar, tal vez fue un descuido, ya le escuchaste quizás fue ese puesto de golosinas. Todos hemos sido niños alguna vez.
—Pero y su cara Phil, a nuestro hijo le ha pasado algo, estoy segura.
—¡Ya está bien! —gritó violentamente Philipp.
—No es necesario que me chilles –rehusó Alice levantándose bruscamente del sofá.
Alice subió las escaleras rápidamente y se perdió entre las sombras de la casa, pero Philipp continuó observando obnubilado el espejo sin poder apartar la mirada, como hipnotizado.
Eran esas extrañas formas que sujetaban el cristal, unas figuras y relieves verdes que sobresalían hacia fuera como si quisieran saltar sobre él. Debía tener mucho valor en el mercado. Parecía antiguo, muy antiguo. Pero había algo que le impedía pensar siquiera en venderlo, ni por un millón de Euros, algo le obligaba a retenerlo. Al tenerlo en las manos se sentía más seguro, se le olvidaban todas las penas, parecía consumirse con él en una especie de exorcismo imaginario. Era una sensación increíble, como nunca antes había sentido.
Las formas giraban en sentido aleatorio sobre sí mismas formando unos adornos fantasmagóricos; se unían con el cristal como dándose la mano. Comenzó a inclinarlo mientras se miraba, cuando de repente, en la esquina superior derecha del espejo que reflejaba el techo del salón le pareció ver una extraña figura arrastrándose de forma desagradable por el suelo de su casa. En ese momento algo le hizo entrar en razón y consiguió soltar el espejo por primera vez. Se levantó del sofá rápidamente y se fue a donde creyó ver a aquella figura, pero no había nada allí. Echó una mirada a su alrededor en silencio, pero el sepulcro de su casa no le dio ninguna pista. Estaba delirando, o simplemente tenía que irse a dormir cuanto antes, así que llevó el espejo a la mesa de la cocina y sin volver a recaer en él, apagó la luz y subió las escaleras dirigiéndose a su habitación.
lunes, 22 de octubre de 2012
Espejos (Mirrors) Capítulo Segundo
Capítulo Segundo
-Yo…mamá… - Balbuceó el pequeño atemorizado.
-¡Sabes el susto que nos hemos llevado! ¡tu padre lleva buscándote casi dos horas por todo el mercadillo! – gritaba la madre angustiada.
-¿Dónde te has metido, por Dios? –por el rostro de Alice desembocaba un río de lágrimas y no podía más que abrazar a su hijo, no había nada en el mundo que quisiera más. No pudo regañarle. En un primer instante, ni siquiera se percató de ese extraño objeto que llevaba entre las manos.
Philipp venía corriendo desde el interior del vehículo, después de buscar por todos los rincones del mercadillo, decidió coger de nuevo el coche por si se había extraviado por los alrededores. Su semblante era muy serio, aunque no pudo ocultar su satisfacción porque el pequeño estuviese sano y salvo. Los tres se abrazaron sin hacer más preguntas y poco a poco, los agentes de policía fueron dispersando a la multitud de gente que no hacía otra cosa que enriquecer su morbo y cacarear como gallinas aburridas. La escena se transformó en un estado de aliviada soledad. Su abrazo, entretanto, se iba diluyendo al mismo tiempo que la gente abandonaba el lugar.
De regreso a casa, el viaje de vuelta se hizo casi más insoportable que el de ida. El ataúd de cuatro ruedas se limitó a poner la banda sonora con su motor gasolina. Philipp guiaba la dirección del coche hacia la derecha por O'connell Street cuando la circunferencia verde lo permitió. La lluvia había cesado al fin, la calma tensa se sujetaba con alfileres.
Es obvio que Philipp quería regañar al pequeño, se notaba por su brusca manera de conducir, cuando estaba a punto de separar sus labios notó una suave mano encima de la suya. Ladeando su cabeza vio los ojos llorosos de Alice, y toda su ira calmó las olas de un mar salvaje. Su rostro seguía siendo precioso. Aún recordaba sus ondulados cabellos moverse contra el viento al caminar por la universidad. ¿Quién podía olvidar aquel año? Primera matrícula de honor en Literatura Inglesa del siglo XVIII, primera presentación oral ante trescientas personas con magnífico resultado, tercer puesto con sus colegas irlandeses, los elocuentemente llamados Pohang Steelers, y por supuesto, la primera vez que habló con esa bella chica francesa en una de las tantas fiestas a las que acudió. Estaba seguro de que fue en febrero, justo después de los exámenes del primer cuatrimestre. Dimitry y Alexei habían preparado la fiesta del año. No sólo ponían su casa al servicio de cien estudiantes deseosos de beber -y aliviar la cabeza de tantas horas de biblioteca- si no también cocinaron una maravillosa comida rusa, que engalanó el estómago de los allí presentes. Con la conciencia más tranquila del año, la fiesta se desarrolló con total normalidad para como solían ser. De hecho, sonreía al comprobar en los archivos de su memoria, que había sido la fiesta más tranquila de su vida. Esta vez no hubo ningún compañero tirado en un sofá con síntomas de embriaguez insoportables. Tampoco recordaba a nadie vomitando la cena rusa en el baño de abajo. En definitiva, la casa de Alexei y “Dima” -como le llamábamos los más allegados- se mantenía en pie, sin haber sufrido ningún daño colateral. A punto de marcharse, Dima se aproximó con una copa de vodka solo en la mano izquierda, y una chica parisina enganchada literalmente de su brazo derecho.
-Querido capullo, ¿podrías echarme una mano con esta delicia? -sonreía graciosamente el dueño de la casa- Es que no se qué me ha dicho de que está caliente... ¡y quiere un par de hielos, idiota!
Dima era el tipo más sensacional que había conocido. Podía emborracharse con él tres días seguidos sin mencionar una palabra en serio, o podía mantener una conversación sobre la creación del universo sin hacer una sola broma. De lo que estaba seguro, era que este hombre se convertiría con el tiempo en uno de sus mejores amigos.
-Por cierto Phil, ésta es Alice, acaba de llegar de Le France. Amiga de sus amigos, encantadora, sincera, millonaria, y sobre todo querido “pringao”, NO alcohólica, lo cual significa que puede llevarnos de ruta por Dublin sin estrellar el coche contra el parlamento ja, ja, ja.
Dima se mofaba de todo, hasta de sí mismo. En un día de otoño, casi recién llegados, no se lo ocurrió otra idea que alquilar un coche para ir a la costa norte de Irlanda cinco o seis días. Lástima que olvidara que se conducía por la izquierda, y que por tanto las glorietas, se toman lógicamente por esa dirección. Si no es por las gestiones del gobierno ruso, el pobre idiota hubiera tenido que pagar los siete mil euros que costaba la columna que arrancó al intentar esquivar el autobús de la ruta 66 que venía por el otro sentido.
-Encantado Alice, espero que este cabeza buque no esté contándote una de sus hábiles gestiones con el ayuntamiento de Dublín -se presentaba Philipp con su exquisita educación alemana.
-¡Hey! Quedamos que eso se quedaría entre nosotros. Recuerda, uno para todos, y todos para uno. Eso decía Alejandro Dumas germano inculto -interrumpía Dima con su sonrisa de oreja a oreja.
-Chicos, no os peléis por mí. Las chicas francesas tenemos fama de aguantar lo que nos echen, ¿recordáis el dicho? Voulez-vous coucher avec moi ce soir? -dejaba Alice su delicada voz entre medias de los dos hombres.
-¡Lo ves Phil! Te dije que en este “cuatri” iba a venir por fin la chica de nuestros sueños.
-La chica de tus sueños, según me has comentado hace un par de minutos, la tienes en tu mano izquierda, y pide a gritos un par de hielos -en clara referencia a la copa.
-Pero como me cuidas, y lo mejor de todo, ¡te fijas en mis chicas! No te preocupes, que en cinco minutos me tienes de vuelta.
-Sólo espero que no te vayas sin despedir como haces siempre Herr Bunker -le llamaban así porque en su puesto de defensa central era difícil regatearle-.
Después de guiñarle el ojo, salió corriendo como una exhalación, sin embargo, no se derramó ni una gota de alcohol a la moqueta. Después de todo, eran estudiantes, uno aprendía a domesticar sus reflejos para no desperdiciar el caro brebaje.
-Así que, ¿eres alemán? -seguía sonriendo Alice.
-De Düsseldorff concretamente, al oeste de Alemania, cerca de Holanda.
-Preciosa ciudad -mientras parpadeaban sus preciosos ojos marrón avellana.
-¿Has estado alguna vez? -preguntó Phil absorto en los mismos.
-Claro. Mi hermana lleva cinco años viviendo en Colonia. Así que cuando voy a visitarla, siempre terminamos pasando unas horas en Düsseldorff. ¿Entonces te vas ya?
-Bueno, mañana debería levantarme temprano para hacer papeleos en Dublin...
-Vaya, es curioso, pero me habían comentado que los alemanes erais unos fiesteros...
Su sonrisa le hacía perder el sentido. No importaba la hora a la que tuviera que levantarse el día después, porque el sólo hecho de mirar su bello rostro, más le valía ni dormir en tres días si fuese necesario.
-Bueno, en ese caso, si tocas a la patria me obligas a quedarme. Tendré que tomarme una cerveza más para no pensar en el madrugón. ¿Me acompañas?
-Oui, monsieur -su sonrisa era tan pícara como atrayente.
Nunca había podido resistirse a una mujer bonita, pero esta vez era distinto. La muchacha tenía tanto morro, que le parecía irresistible. Desde el primer piso, bajando las escaleras como un rinoceronte enfurecido, bajaba Dima con su “renovada” copa.
Ya estaban los tres en plena lucha contra sus hígados. Desde esa fiesta, los tres fueron inseparables, al menos hasta que Dima se insinuó a Alice meses después...
-Mamá, lo siento mucho, no sé que me pasó –dijo el pequeño con voz arrepentida.
-Hijo, no puedes separarte así, sin avisarnos, sea la razón que sea ¿entendido? –replicó la madre de la forma menos irritada posible, debido a la tensión acumulada.
-Nos has dado un susto de muerte Daniel -secundó el padre con una voz tan baja y mustia que hasta Philipp desvió la mirada de la carretera y observó cómo los árboles les adelantaban de manera vertiginosa. Seguía tan tenso y enfadado por lo que pudo haber pasado, que sólo pensó en llegar a casa y desconectar.
-Ha sido un día largo para los tres, intentemos pensar que todo ha quedado atrás y que Daniel no lo volverá a hacer, ¿Verdad jovencito? –con el ceño fruncido a través del espejo retrovisor.
-Lo siento mucho papá…
La familia continuó en silencio a través de la senda de alquitrán por la que se deslizaba el coche, hasta que llegaron a su hogar, que yacía tan oscuro y silencioso que parecía haberse enterado de lo sucedido y esa era su forma de estar en duelo. La casa donde vivían era increíble, Dani siempre decía que le recordaba a la casa de El Resplandor y que solo faltaban las dos niñas que aparecían en el pasillo con el triciclo para ser una copia total. Horas y horas pasaba jugando entre sus paredes, tanto que a veces preocupaba a sus padres tanta soledad. No salía mucho con los compañeros del colegio, ni tampoco con Ryan, el vecino que vivía justo en frente y que cada tarde le llamaba para jugar a la Gameboy. Sin embargo, Dani seleccionaba las visitas de un modo un tanto extraño para un niño de tan solo nueve años. A veces no veía a Ryan ni siquiera una vez a la semana, haciendo que el otro pequeño se fuese rechazado y cabizbajo al no poder jugar con Dani. Sus padres seguían teniendo la sensación de que jugaba más con los dichosos espejos, que con los chicos de su edad.
La “casa de El Resplandor” era increíble, Dani no comprendía la obsesión de sus padres por salir a jugar fuera, ¿pero es que no habían visto las posibilidades de la casa? era impresionante, no entendía tampoco las prisas de Ryan cada vez que venía por abandonar la casa e ir fuera a jugar, ¿de qué tenía miedo?
El caso es que a la accidental llegada del mercadillo, por primera vez sintió un intenso escalofrío al mirar la casa, fue nada más bajar del coche, en el mismo momento en que su padre se percató de lo que llevaba su hijo entre las manos.
-Dani, ¿Qué es eso? ¿Donde lo has encontrado? -preguntó Philipp intrigado, pero también alertado.
-Me lo regaló una señora mayor papá, tenía un puesto de chucherías y me dio una piruleta y…
-¡Daniel, cuantas veces te he dicho que no aceptes cosas de extraños! -chilló Alice interrumpiendo y dando la sensación de que los nervios habían dado cuenta de ella.
-Mamá, era una señora mayor… ellas nunca hacen cosas malas -sonrió timorato.
-Alice, cálmate, es tarde, mañana veremos las cosas de otra manera -intentaba sin éxito Philipp calmar a su esposa.
Entre lágrimas, la madre se marchó subiendo las escaleras con la velocidad de una cebra escapando de un tigre rabioso.
-Deja el puto espejo en la cocina y márchate a dormir, mañana hablaremos.
-Sí papá…
Había sido un día muy largo para la familia Mitchel, así que ni cenaron y se marcharon a dormir nada más llegar. Philipp, por su parte, había decidido quedarse un rato en el salón intentando no pensar. Estaba demasiado exaltado para dormir, y demasiado nervioso para hablar con Alice de nada. Creyó mejor quedarse abajo hasta que ella cayese dormida, descansar, y hablar de todo al día siguiente, con la tranquilidad de saber que su pequeño seguía con ellos pese al susto tremendo de horas atrás. Sediento, se incorporó y anduvo hasta la cocina para coger un vaso de agua cuando vio el espejo inerte colocado en el centro de la mesa, con una especie de sábana cochambrosa que lo cubría en su totalidad.
Alice fue a arropar a al pequeño como siempre, no quería que Dani notara más hostilidades pese al susto, así que intentó actuar con normalidad. Sin embargo, en su rostro pudo observar un temor que nunca antes había apreciado en su hijo. Estaba pálido como la bata de un médico y sus ojos miraban perdidos por alrededor de la habitación casi sin parpadear.
-Hijo, siento que mamá te haya chillado, ¿vale? pero no sabes lo preocupada que estaba por ti, pensé que te habían llevado a algún sitio, pensé que…
Alice rompió a llorar y solo pudo abrazar fuertemente a su hijo mientras las lágrimas empapaban la sábana de muñequitos de nieve que la abuela Cloe le había regalado por navidad. Comenzaba a temblar, no podía ni imaginar lo que sería empezar una nueva y desgraciada vida sin su único vástago. Sólo tenía fuerza para llorar.
-Mamá…
-Dime, mi pequeño -aún entre sollozos.
-Lo siento de veras…
-Venga duérmete, es muy tarde. Mañana será un día mucho más tranquilo -insinuó Alice al muchacho mientras se levantaba de su lado.
- Mamá…
- ¿Sí?
- No quiero que tiréis el espejo.
lunes, 15 de octubre de 2012
Espejos (Mirrors) - Capítulo Primero
Capítulo primero
Siempre le había dicho su madre que no aceptara cosas de extraños, pero es que desde el comienzo de su niñez le habían entusiasmado los espejos, y no pudo resistirse a sus encantos. No sabía exactamente el por qué, pero le encantaba ver como las sombras se proyectaban en ellos por las noches. Una simple linterna bastaba para poder observar aquello que los mayores no podían percibir, aquello por lo que verdaderamente disfrutaba. El no era de tener muchos amigos, le sobraba con sentarse a oscuras en el frío y viejo ático de sus abuelos para experimentar lo que los espejos le mostraban. Sus padres siempre le atosigaban con falacias del tipo: “¿Por qué no vas con tus amigos a jugar?”, “¿Quieres que vayamos a ver a los primos?”, pero Dani lo ignoraba por completo. Su soledad no era más que una sombra alargada que suscitaba felicidad. Dicho estado de placidez se definía en un total desconocimiento de lo que los espejos podían reflectar. De hecho, nadie conocía su verdadero poder, muchos hoy en día se siguen pensando que están formados de cristal, reflejan la realidad, etc. Sin embargo, la realidad es mucho más cruda de lo que pueda aparentar su reflejo.
Hacía un frío estremecedor esa noche, la lluvia repiqueteaba en el techo del coche como puños de agua. Absorto, Dani miraba en silencio a los dos brazos en forma de parabrisas esmerándose por expulsar las gotas de agua hacia los costados. El vehículo hacía lo que podía para continuar por el río de asfalto, pues la lluvia no cesaba. La pausa de un semáforo en rojo hizo que por primera vez se quebrara el silencio.
-Sí que está cayendo una buena, ¿eh? -desafió el padre de Dani al silencio.
-Sí -aceptó el muchacho el desafío con voz casi imperceptible.
Alice y Philipp sabían que su hijo no hablaba mucho. Nunca lo había hecho.
Y no porque tuviera un problema de autismo -como había sugerido su profesor- sino porque parecía sentirse más cómodo en silencio que cuando hablaba. De hecho, les sorprendía que su comportamiento cambiara cuando estaba en presencia de sus abuelos. Parecía otro niño. Desde que comenzó a hablar, y coincidiendo casi de forma simultánea con el nuevo puesto de trabajo de Alice, cuando Dani se quedaba en casa de sus abuelos hasta que su madre acababa la jornada laboral, era la experiencia más agradable de toda el día. Quizá el hecho de tener ese luminoso ático en el último piso tenía algo que ver. Allí, el pequeño se encontraba como pez en el agua. Nadie le molestaba, no había prácticamente ruido de fondo, de hecho, apenas se escuchaban los fogones de la cocina de Cloe mientras preparaba esas deliciosas natillas caseras que tanto entusiasmaban a Dani. El ático estaba sumido en una perfecta oscuridad, gracias en parte a las cortinas que Alice había hecho unos años atrás. Sin embargo, cuando se abría el ataúd de tela, la luz penetraba en aquella instancia con la fuerza de mil soles. Curiosamente, allí nadie le decía que hablaba poco, quizá por esa tranquilidad que sólo sus abuelos podían proporcionarle.
El coche lentamente iba aminorando la velocidad hasta quedar estacionado en un barrizal de arena mojada. Cuando el coche entreabrió sus alas, la ventisca de viento y lluvia golpeó en el rostro de la familia. Los cabellos de Alice se aliaban con la tormenta como un fiel lacayo, pareciendo formar parte del ejército de viento. Corriendo como gacelas ante el ataque del rey de la selva, llegaron a la única parte del recinto que estaba cubierta. Atestada de gente, la jauría de agua horizontal seguía delimitando el paso, y ralentizaba los minutos hasta parecer horas.
-¿Cómo puede haber tanta gente pese a estar lloviendo a mares? -secundó Philipp al aullido del viento.
-Lo mismo pensarán ellos de nosotros, querido -irónicamente replicó su mujer dejando entrever que no tendrían que haber venido en una noche tan lluviosa.
-No te enfades Al, sabes perfectamente que hoy era el último día, y además, ¡adoro los mercadillos medievales!
-De verdad... me tenía que haber casado con ese chico búlgaro tan guapo que me presentó Harán en Liverpool -atacaba con una preciosa sonrisa malvada Alice.
-Nunca te han gustado los búlgaros y lo sabes... son raros -se defendía como podía Philipp.
-¡Envidioso! -gritaba a la vez que guiñaba un ojo a Dani, el cuál hacía una mueca parecida a una media sonrisa.
Este tipo de conversaciones siempre le hacían sonreír; hasta cierto punto, el pequeño adoraba las discusiones en tono de humor, le hacían divertirse. En cierto modo, pensaba que simplemente lo hacían para llamar su atención y hacerle reír. Por contra, lo pasaba realmente mal cuando sus padres regañaban en serio. Odiaba eso. Aún recordaba la vez en que su padre había llegado muy borracho de una cena con sus ex-compañeros de universidad de Maynooth, aparcando el coche encima de la acera y siendo traído por la Garda en condiciones deplorables. Alice comenzó a refunfuñar palabras en francés -siempre le salía su lengua materna cuando estaba realmente cabreada- mientras pedía sonrojada disculpas a los agentes. Una vez se fueron, ni corta ni perezosa metió a su marido en la ducha, con ropa incluida, y pese a las quejas de Philipp, se quedó impertérrita esperando que la resaca diera la bienvenida al hombre. En vez de eso, lo que sucedió fue una escena que Dani nunca quiso haber presenciado, pero que sin embargo, seguía metida dentro de su cabeza como la peor escena sangrienta de una película de terror. Philipp se levantó empapado de la ducha y empezó a replicarla en tono amenazante, que si volvía a hacer eso, la tiraría por la ventana. Después de descender a la cocina gritándose el uno al otro por toda la casa, la guerra verbal continuó entre fogones. A Dani le aterrorizaba la idea de la separación, de hecho, en el cole, muchos de sus compañeros estaban siendo resquebrajados de la unidad familiar, y él, no quería formar parte de esa estadística.
-Mirad chicos -señaló el padre al cielo- parece que por fin está escampando.
Aunque la sombra de la noche iba deslizándose sobre Dublin, se podía percibir vagamente como la luna se hacía hueco entre las nubes de manera tímida. A los pocos minutos, toda la gente estaba andando por el barrizal de Croke Park, mirando puestos, comparando precios y observando de reojo al cielo a ver si la tregua seguía en pie.
Era curioso cómo le encantaban los mercados medievales. Aún rememoraba cada año, a modo de extraño aniversario, la aparición de lo que él llamaba “la mejor adaptación de un libro nunca vista”. Alice, de hecho, no quería saber nada del lado más “friqui” de su marido, y en cuanto metía el primer DVD de El Señor de los Anillos, huía del salón a la misma velocidad que un atún lo haría de una ballena. Cuando se conocieron, era igual. No debía sorprenderse de que cada año tuvieran que cruzar todo Dublin para estar las dos o tres horas de rigor viendo cimitarras musulmanas del siglo XV, harapos bereberes del IX, escudos romanos de la edad de hierro, etc. Cualquier cosa podía encontrarse en ese mercado, la verdad. Hace dos años, después de varias ediciones del evento, por fin encontró la cota de malla con la que Elijah Wood encarnó a Frodo Bolsón en La Comunidad del Anillo.
Sin embargo, este año todo parecía torcerse por momentos, ya no sólo por el día marcado por la lluvia, también por el extraño cambio que Dani había dado. Incluso varios de sus profesores habían solicitado más de una reunión con ellos, debido entre otras cosas a su imparable bajón académico, y también por su alejamiento con sus compañeros de clase. Según los profes, como los pequeños les llamaban, Dani pasaba la mayor parte del recreo en completa soledad, sin menor compañía que su propia sombra. Alice le había preguntado mil veces el por qué de su interés por los espejos, pero la única respuesta que solía recibir era: lo que me dejan ver a través de ellos.
Se separó de sus padres un solo instante. Una suave ráfaga de viento se deslizó por detrás de su espalda, como si el susurro de una mano hubiese pasado cerca. Pese a todo, se giró, intranquilo, y observó un puesto realmente extraño. Daba la sensación de que nadie lo podía ver, pues la gente pasaba de largo, no percatándose de su mera existencia.
La lluvia, gracias sin duda a las plegarias de Philipp, había cesado por completo, aunque el barro luchaba consigo mismo por no desaparecer, como la “nada” en La Historia Interminable. Perezosamente, Dani se separaba de sus ocupados padres; alejándose de ellos como una mariposa abandona su crisálida. La intranquilidad le rodeaba de un incómodo silencio, que contrastaba con el bullicio de los transeúntes. Se acercó ante la llamada de la señora mayor que lo regentaba. No se escuchaba un alma, desde el primer contacto con el pequeño puesto, parecía que la atmósfera se había separado de la corteza terrestre. Aquella sensación de desasosiego se incrementaba por momentos.
Dani permanecía a unos tres metros del puesto, pues no se atrevía a desafiar la extraña mirada de aquella anciana. Era bajita, poco más alta que el propio Dani, los gusanos de su piel parecían no transportar sangre, pues su tez era tan blanca como la luz de la luna. Su espalda estaba encorvada hacia abajo, dando la sensación de ser incluso de menor tamaño si cabe; sus manos dejaban entrever los estragos de la edad, anchas carreteras de arrugas serpenteaban hacia el interior de las negras mangas. Unas deformes y afiladas uñas amenazaban con resquebrajarse en pedazos, su color, un repulsivo y pálido añil, dejaba un malestar estomacal en Dani. Sus pupilas eran blancas, de hecho, el chico pensó enseguida en alguna película de terror para buscarle semejanza. Eran ojos que daban miedo. Aquella señora tenía una voz con marcado acento eslavo que verdaderamente ponía el vello de punta. La distancia de tres metros se fue acortando, y el pequeño, bien por miedo o por lástima, se acercaba sigilosamente al puesto regentado por la misteriosa anciana, cuando esta de repente, despegó lo que se asemejaba a unos labios:
-Me alegra que puedas verme pequeño, eso demuestra que eres especial ¿quieres una piruleta? -Preguntó la vieja con voz queda.
-Una de fresa -dubitativo el niño, casi imperceptible.
-Eso está hecho pequeño.
-¿Por qué no vendes cosas?
-Bueno, me educaron para regalárselas a las personitas especiales, como tú -desafío la anciana.
-No soy especial.
-Estoy segura de que lo eres, pero no lo sabes. ¿Por qué no aceptas este otro regalo? Apuesto a que te gusta incluso más que la piruleta -deslizando su encorvado y deformado cuerpo, la anciana se escabulló en los bajos de su destartalado puesto y sacó del mismo una especie de espejo de un tamaño considerable. El pequeño pareció perder todos los nervios de una tacada, y de un felino movimiento arrancó el espejo de las endebles manos de la diminuta vieja.
Sin mediar más palabras, Dani tenía entre sus débiles manos un espejo tapado con una especie de colcha que ocupaba casi la mitad del tamaño del chico. Justo en ese momento una sensación se apoderó de sus sentidos, no pudo explicarlo con palabras porque casi no podía respirar, el corazón le latía a tanta velocidad que parecía que iba a salirse de su pecho, y el pulso le fallaba casi dejandocaer el espejo al suelo.
Un sudor frío le llenaba la frente como una fuerte lluvia en el rostro, pero no podía soltar el espejo aunque quisiera. En ese preciso instante, cerró los ojos y creyó entrar en una oscura dimensión de sensaciones. Una fría capa negra se coló entre sus párpados haciéndole estremecer, un torrente de maldad quizás demasiado cruel para que un niño de nueve años pudiera soportarlo.
En el fondo del siniestro pasillo en el que Dani se encontraba yacía una figura que se acercaba poco a poco. Era una oscuridad enfermiza, que no le dejaba respirar. Atónito, con los ojos abiertos como platos, incapaz siquiera de gritar, paralizado por el miedo, sentía tal horror, como si unas manos apretaran su cuello preparándole para una muerte agónica. La sombra se detuvo al final de la tiniebla y desapareció entre las grises brumas de aquel extraño mundo, Dani deslizó sus ojos hacia abajo y recordó que entre sus manos seguía aquel misterioso espejo que la anciana le había entregado. No pudo hacer otra cosa que mirarlo y quedarse totalmente anonadado de lo que estaba viendo, algo que nunca podría olvidar, tan espantoso que hizo que no parpadeara durante miles de minutos, al menos así de largo le pareció al pequeño hasta que de repente algo le agarró por el hombro y le sacó de su letargo, ese brazo le sacó de esa maldita pesadilla y como si de encender la luz se tratara, apareció de nuevo en las afueras del mercadillo, donde su madre desconsolada, llorando le esperaba a unos pocos metros de donde él y el policía que le agarraba estaban.
Dani sólo recordaba el horror que había pasado en aquel bizarro mundo de oscuridad y ruidos infernales, por no hablar de la siniestra sombra que había en el horizonte…
Entre los meneos del policía pudo girar su cabeza y observar que no había ningún puesto en ningún lugar. No lo podía comprender, porque estaba seguro de que estaba allí, de haber hablado con la anciana, de la piruleta que le había ofrecido, también recordó que la gente parecía ignorar ese puesto pero… ¿qué estaba ocurriendo?
¿Por qué había tantas luces de policía girando sin parar? tantos murmullos, un montón de gente mirándole mientras el policía le llevaba hasta sus padres. Todo era tan confuso que no podía entender nada, sólo deseaba volver a casa, y por supuesto, no soltar el espejo...
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Madrid, Comunidad de Madrid, España
jueves, 30 de agosto de 2012
Deseperación
Un pequeño pueblecito minero americano llamado Desesperación (podemos hospedarnos tranquilos con ese nombre) vive regido por un policía demente, que siembra el caos entre los pocos coches que pasan por la interestatal 50, que cruza con el pueblo. El vacío pueblo ha sucumbido a las fuerzas del mal, adentradas en el cuerpo del policía local y sumergirán a Desesperación en una pesadilla inimaginable.
¿Historias de policías locos?. Multitud. Aún recuerdo la película "Maniac", donde un argumento parecido es tratado de forma sencilla pero efectiva a la gran pantalla. Sin embargo, este libro encierra algo más endemoniado si cabe. Con la firma de Stephen King no se puede esperar otra cosa.
El libro tiene un arranque impactante. Es un remolino de imágenes y diálogos que pasan como una centella por nuestra imaginación (ese gran poder del ser humano), y no cesan hasta el último tercio del libro, donde es cierto que la acción decae bastante, y su lectura pierde fluidez para hilvanar todos los hilos que van quedando sueltos en toda historia que se precie.
Pero volvamos al principio, adictivo como él sólo, crea una atmósfera de misterio y preguntas sin resolver (¿Acaso se ha vuelto loco el policía?, no hemos hecho nada malo, etc) que boicotean el sentido común del lector. "Desesperación" es una de esas historias que enganchan, comienzan fuerte y poco a poco se van enredando tanto que poco (o nada) tienen que ver con la percepción que nos da al principio, y esto no siempre es bueno. Hay que mantener la esencia de lo que dejas ver; es como si vas a probar un menú de degustación y te traen tantos y tan buenos platos que no te acuerdas del entrante del principio. Y es que eso es esencialmente lo que ocurre con esta novela. Al final, no sabes muy bien si el autor decidió improvisar, o tenía en mente ese desenlace desde el principio (por lioso y extraño que pueda parecer).
Aún así, hablamos del señor King. No se le ocurriría meter más de un punto débil en sus creaciones literarias; y en "Desesperación" no será distinto. El alma de la historia te atrapa y las páginas se pasan a una velocidad endiablada. La sensación de desasosiego a la que los protagonistas se ven despachados está muy bien narrada. Los entuertos realizados por el policía van secundados de unas ricas descripciones, tanto paisajistas como de personajes, y eso, en el fondo, enriquece el vacío que crea en la última parte del desenlace.
Con esto avanzamos otro de los puntos fuertes de la novela (y de Stephen King en general), que es las interrelaciones de los protagonistas del libro, perfectamente solidificadas entre sí, sin resquicio y muy ricas en detalles (ese niño que orina por primera vez sólo en mitad de una carretera mientras su padre le va aconsejando). La unión de los mismos, eleva la narración a un estatus de calidad superior. La capacidad innata del autor americano por crear microclimas en pequeño espacios sigue a la orden del día. Los personajes se ven abocados a sufrir, son vejados y abusados frente a una sinrazón, y aún así sus situaciones no desentonan con lo que pudiera pasar en la realidad (hablamos de ficción no obstante, se permiten ciertas licencias fantásticas).
Conviene decir que ésta es la segunda parte de "Posesión", y ya se conoce el lema: segundas partes... lo que pasa es que no está mal, insisto. Se lee muy bien, por la prosa directa a la que King tiene acostumbrados al lector, siendo tan adictiva que quieres saber el por qué del comportamiento demencial del policía, qué le sucederá a la familia del principio, y una par de sorpresillas que todo libro de género suele esconder. De igual modo, "Desesperación" se puede leer sin haberlo echo con la primera parte, quedando un producto decente e independiente del primero.
Razón de más parece hacerlo así, pues la calidad de "Posesión" es superior. Por lo que, en caso de que esta parte quede algo irregular en su último tercio, y haga decaer el ánimo al lector, habremos disfrutado de un inicio demoledor, y también cerraremos el círculo con respecto a la primera parte (bastante superior y más heterogénea).
miércoles, 29 de agosto de 2012
Heat (Calor)
Cuántas veces habremos comprobado por nuestros propios medios que la vida de unos gemelos siempre lleva un misterio intrínseco en su existencia. O sería mejor decir coexistencia, pues lo que le pasa a uno es correspondido por el otro, quedando un enigma flotando entre dicha asociación. Rara vez se ven a dos gemelos separados, suelen llevar la misma ropa de niños, van juntos a clase y vuelven a casa para comer en las mismas condiciones. Pero, ¿si uno cae, el otro sufre?, ¿si a uno le deja la novia, el otro llora?.
Preguntas así, básicas y cotidianas, han pasado por nuestras cabezas de mil maneras diferentes. No obstante, todas están versadas en la curiosidad. Un hecho que acontece sin que lo elijamos. Una serie de acontecimientos que vienen dados y quizá no se puedan cambiar.
Bendita ignorancia, debió pensar la grandísima escritora norteamericana Joyce Carol Oates, que nos pone los pelos de punta con un relato intenso basado precisamente en la vida de dos niñas gemelas de once años, Rhea y Rhoda, que durante un verano caluroso prosiguen con sus vidas sin mayor novedad que su propia desunión en un momento dado del relato.
Sofocante obra de Oates, que crea un complejo sistema narrativo (basado en partes asociadas pero diferenciadas) donde la musicalidad lleva la nota discordante. En otras palabras, como si de un piano se tratara, la acción transcurre pulsando la tecla correcta en cada movimiento, soltando con cuenta gotas lo que sucede, para que el lector sea el que arma todas las piezas, creando él mismo la escala musical establecida.
Son como fragmentos que no tienen sentido separados, pero que al unirlos, narran a la perfección lo que les ocurrió a las gemelas Kunkel. Su división se separa (como las gemelas...) en cuatro "movimientos" y en un desenlace, donde magistralmente Oates "levanta" los dedos del piano para preparar al lector a lo que está por llegar, a lo que no se puede describir, a lo que falta de la narración, que es precisamente el momento más trágico y tendencioso de la narración: el momento en el que lo da verdadero terror es lo que no se cuenta, el momento en el que nuestra imaginación se adentra en las fotografías que no se revelan, el estridente ocaso de poder que queda cuando las cosas no se narran, se esperan...
La poderosa estructura carga con el peso de todo el relato, que por intensidad se lee en breves minutos, pero por interés perdura durante días. Las células o movimientos principales del primer acto son el calor, la muerte y la sequedad del terreno. Repitiendo todos ellos de manera contundente, el lector es agasajado con la existencia de las gemelas antes de su muerte, analizando sus viajes en bicicleta por el caluroso pueblo, donde las carreteras desérticas hacen sudar a un cubo de hielo. En el siguiente tema recurrente, la muerte, la narración, avanzando en líneas espacio-temporales imperceptibles, nos lleva directamente al funeral de las gemelas Kinkel, donde el calor y la muerte vuelven a ser pronunciadas varias veces para orientar al lector a lo que sucedió, lo que sucede, y lo que habrá sucedido en las siguientes imágenes.
En el segundo movimiento, los temas recurrentes son las unión de las gemelas y la aparición indirecta y paralela a la existencia de las gemelas de Roger Whipple, que sin mencionar da más miedo que descrito: Una descripción de la maestra, sugiriendo que tiene problemas mentales, pero que es muy fuerte, de grandes manos y pies, y una cálida voz...
De nuevo, se aprecia el horror que luego padecerían las gemelas con la falta de narración de lo que sucedió, que es lo que otorga ese plus de originalidad en la manera de tratar lo que no se ve, lo que se sabe, pero no se ha contado. Ese momento donde el lector puede imaginar lo que le sucedió a las Kinkel sin haber leído ni un párrafo del asesinato, ni de la violación. Especialmente estridente es la descripción de pavor de Rhea, viendo la bici de su hermana tirada en el polvoriento suelo, con las ruedas aún en movimiento, donde por vez primera no están juntas. Rhea prevé que algo va mal. Si no están juntas (desunión), algo irá mal.
En el tercer movimiento, cerca del final del relato, nos adentramos en la familia Kunkel y en la familia Whipple. Detalles que nos ayudan a prever lo que ocurrirá después, lo que no se ha contado, pero por la manera de ser de las familias coloca al lector a un paso del precipicio. Interesante sin duda la descripción de la familia Whipple, donde la madre ignora totalmente los problemas psicológicos de su hijo, dando importancia angosta a su perfil psicópata evidente.
En el cuarto movimiento, el más lineal de todos, el propio asesinato ocurre. Se explican de manera menos unitaria los eventos que acontecen desde la visita (y separación de las dos gemelas) a la casa de la abuela hasta el trayecto en bici hacia la casa de hielo (llamada así en contrapunto con el calor, como en una llamada de atención al peligro de lo opuesto). Sin un sólo detalle, llegamos a un evidente final, pero no por ello menos llamativo en su esencia. Sabemos que Rhoda ha subido con Roger, pero no sabemos qué le sucede (lo imaginamos), después sabemos que el calor invade a Rhea por dentro, preocupación y nerviosismo que le llevan a subir las escalera también y encontrarse con la desagradable escena (pero seguimos sin conocer detalle alguno).
Finalmente, llegamos al clímax de la historia, el momento de hablar de lo que no se puede hablar, de lo inexplicable aunque perceptible: Oates susurra al oído del lector lo que es horrible de ser escuchado. La verdad es demasiado horrible para ser contada, por ello Oates "levanta" las manos del piano, para que lo que no se puede contar sea llenado con imágenes por nuestra imaginación. Porque lo horrible no puede ser descrito, la sangre no puede mostrarse aunque se perciba, aunque se note. Sin embargo, el lector puede pensar, ¿cómo puede cometerse un acto tan terrible sin detalle?. Ahí reside la magia de "Heat", en lo que no se puede contar. Como la propia escritora avanza en el inicio: "lo que uno ya sabe". Y es que es cierto, sería anti-climático poner una mano sobre el piano cuando es obvio lo que ha pasado. Nada hay más terrible que imaginar algo sin detalles, donde la imaginación del lector dibuja el nivel de terror que necesita. La realidad es seca, el calor se percibe y la sequedad se respira...
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