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martes, 26 de marzo de 2013

The Descent



Después de varios meses sin sentarme en "la silla", aquí volvemos con energías renovadas. Sí, por fin he terminado mi mayor obra hasta la fecha (¡¡un libro!!) que me ha tenido totalmente absorbido. Pronto os daré más cuenta de ese camino. Ahora nos conlleva otro.

"The Descent" es un subidón en toda regla. Sin tapujos. Sin miramientos. Es una oda al miedo proyectado en una película. Es un sentimiento de agonía y claustrofobia que prácticamente no se aguanta. Desglosemos pues.

Un grupo de mujeres jóvenes deciden hacer espeleología en unas cuevas al oeste de un lugar cualquiera -presumiblemente Reino Unido- para animar a una de ellas tras la pérdida de su marido. Tras animarla a que coja sus bártulos y se apunte al carro, el grupo de seis mujeres se adentra desde el inicio en una espiral de acusaciones -o egos- que vienen muy bien durante el metraje para estar alerta. Nada es lo que parece, ni siquiera tus amigas de toda la vida lo parecen... Lamentablemente, los acontecimientos giran pronto en un sinfín de malos movimientos, que consciente o inconscientemente, guían al grupo a una cueva inexplorada y oscura donde los malos augurios no han hecho más que empezar, pues las cuevas SÍ están exploradas por unos moradores muy interesantes...

La fotografía de la película es uno de los puntos fuertes para mantener la sensación de ahogo

Con esta original -o no- trama, Neil Marshall se adorna con unos ángulos de cámara bastante interesantes (contrapicados de las muchachas saltando de montaña en montaña, primeros planos donde "cosas" que no esperamos salen de detrás de las tinieblas, etc.). La habilidad del director inglés es de sobra contrastada para estos campos técnicos. Especialmente bien conjuntados con la elegante y compleja fotografía de Sam MacCurdy -habitual de Marshall en todas sus films-, los planos secuencia otorgan al espectador un grado de pertenencia al sufrimiento que vienen muy bien para no despegar los ojos del televisor.

Claustrofobia. Sí, y mucha. El grado de ahogo que se siente durante el visionado prácticamente asola al espectador. La tensión del momento está muy bien llevada. Las actrices hacen un trabajo bastante digno, teniendo en cuenta que ninguna es especialmente conocida. La conjunción de acontecimientos está muy bien anclada en términos generales -lástima de ese final tan... tan... poco final.

El impacto que la noche eterna de la cueva entrevé hace que debas respirar a conciencia. De veras que algunas escenas están dotadas de una espectacularidad digna de mención. La película, como bien sabemos, mama del terror más clásico de leyendas visuales del tipo ochentero (se me ocurre la categoría del montaje en el "El final de la escalera" como hilo conductor excelente de la historia). La sinrazón, debido a la pérdida de la orientación por parte de las mujeres, se acelera de forma adecuada. Es decir, ni se vuelven locas al principio perdiendo el control, ni se relajan haciendo una fogata esperando a ser rescatadas. Todo lo contrario, se quedan en un término medio que podría categorizarse como realista. Uno se lo cree, y eso ya es mucho decir en este tipo de género.

Los habitantes de la cueva no desean ser usurpados de su descanso...

El caos llama a la puerta con el primer desfallecimiento. El cansancio trae errores. Los errores traen consecuencias. Si añadimos ésto al hecho de que las rencillas interpersonales comienzan a formar parte de las historia, llegamos a un buen puente de unión entre terror y cotidianidad dramática de amistad. Bien ejecutados movimientos de guión (ahora me pierdo, ahora se me rompe la anilla, ahora me quedo atrapada en este hueco, etc.) hacen que, forzados o no, el núcleo de la historia fluya relativamente rápida hasta su desenlace. Ese desenlace... tan frío... tan poco original lastra la puntuación final del film. Y lo hace bastante.

Una vez se descubre el pastel -queridos habitantes violentos de la cueva, calmaos por favor- la cinta alterna momentos brillantes de desasosiego puro con situaciones un tanto extrañas, que desnivelan la anteriormente mencionada credibilidad de los hechos. Lo peor no es eso, ya que en toda película que se tercie hay algunos momentos más creíbles que otros. El problema es que la mayoría de ellos vienen cuando el final se aproxima al apeadero. Y eso, cuando el final es tan regular, no es bueno. Nada bueno.

Pese a ello, los primeros sesenta y cinco minutos que Marshall ofrece son excelentes. La intrahistoria de los personajes cobra bastante importancia y son contados con acierto. La fotografía y la dirección son sencillamente brillantes. Ni una sola pega. De hecho, todo lo contrario, los primeros compases hacen de "The Descent" una película original y recelosa de olvidar para las memorias menos exigentes, pues contiene algunas escenas bastante llamativas para el género que nos ocupa. 

No obstante, ese dramático y poco rebuscado final desluce el excelente trabajo de los tres primeros cuartos de metraje. No es el fin del mundo. En otras palabras, la película no es un bodrio por culpa de ese descafeinado final. Para nada. Sólo que da rabia saber que podría haber mantenido esa senda de naturismo, drama y terror del principio durante todo el metraje, y no decantarse por el violento choque entre habitantes y mujeres sólo porque sí. Aún así, sólo por los factores positivos que aquí se comentan, desde luego que merece la pena meter la cabeza en la oscuridad y no sacarla durante noventa minutos. Creedme, si alguien sobrevive y sale a la luz, expulsar el aire a la vez. Os sentiréis aliviados.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Moon



Duncan Jones. Interesante nombre, del cuál el olvido tardará en echar cuentas. El cine británico -aunque no es tan ligero y bello como antes- sigue dando al género de la ciencia-ficción un emblema con el que sujetarse. Un blasón donde posarse cuando todo está hecho, o todo está visto. Un punto de vista tan interesante, como diferente. Un acierto.

Con una idea muy preconcebida de lo que una película del espacio debe ser, el maravilloso guión de Jones y Nathan Parker sujeta y elabora un dossier de incertidumbre que, sin golpes de efecto ni criaturas espaciales, hace que el espectador comience a viajar rumbo a un mundo desconocido de emociones. Por suerte, aún se pueden hacer films sin tener en cuenta el presupuesto. Jones, cuya dirección es magistral, otorga a la atmósfera toda la importancia, todo el peso de la cinta, que junto con un inspirado Sam Rockwell, forman parte de un bienio inseparable de virtudes.

El espíritu retro de la cinta, así como con un rollo 'peli en blanco y negro' no hace sino ayudar aún más al elemento desolador de vivir durante tres años en el espacio. Justo cuando los tres años del contrato firmado están a punto de expirar, la razón y la locura se apoderan del protagonista por un elemento no esperado. La sinópsis no evalúa la soledad de un astronauta, pues toda película de ciencia-ficción ambientada en el espacio debe conllevar dicho cliché, pero en este caso, beneficia el valor de una idea. La revaloriza.

El aislamiento hace que el umbral de la locura se haga más evidente

Cuando un ser humano queda enclaustrado en una nave espacial, sin la familia, sin contacto humano de ningún tipo -excepto por un robot que ayuda al mencionado sufridor- y con la cuenta atrás que supone el firmar un contrato de trabajo, cualquier parecido con la realidad es discutible. Aquí es donde entra el gran trabajo interpretativo de Sam Rockwell. El actor británico desmonta su habitual coraza para darnos una sublime actuación, llena de matices y carente de fallos. Moviéndose por cuidadosos y efectistas decorados, la vida de Sam -curiosamente llamado igual en el film- se tambalea entre emociones y desasosiegos varios. El mismo vídeo familiar, donde el hijo y la mamá mandan fuerzas al superviviente, el jefe que insinúa que todo va bien, cuando es obvio que algo comienza a torcerse, etc. Sea lo que sea, nada le hace abandonar su misión. Ni las lágrimas, ni la sorpresa final parecen poner fin a la capacidad de supervivencia del astronauta.  

La rutinaria vida en el interior de la nave es otro acierto de Jones. Ya no sólo por el hecho de mostrar al espectador detalles imperceptibles, pero útiles para observar el deterioro humano, sino para avasallarlo con los mismos. En otras palabras, cuando un zumo se vierte en una nave... (ya me entenderéis), nada vuelve a ser lo mismo.


Detallismo. Es otra de las palabras clave para mantener la intriga, ya que, ante la evidente falta de acción dinámica, la acción estática es la que sustenta al desarrollo de los acontecimientos. Y es que la total falta de movimiento en algunas escenas inquieta mil veces más que unos movimientos de cámara infernales o un monstruo que aparece de la nada. La apatía de los sucesos se acartona en la pantalla, pero los detalles siguen apareciendo, la sensación de que la trama avanza poco a poco, engancha más que un rápido giro de guión. Ya es tarde para mirar atrás, pues el espectador permanece enquistado en el interior de la nave. Formamos parte de la expedición; y dudo que podamos escapar con vida hasta el final. Al menos, hasta el maravilloso final que Duncan Jones nos ha preparado...

sábado, 11 de agosto de 2012

Batman: The Dark Knight Rises



No se me ocurre mejor carta de presentación para iniciar este blog. Después de dos años de espera, nos llega, por fin, la tercera (y esperamos que definitiva) entrega del caballero oscuro.

Es interesante percibir el adjetivo de esta última descripción -oscuro- y es que Christopher Nolan ha conseguido dar un aire bastante agresivo y etéreo al personaje durante las tres películas. De hecho, diría que el personaje en cuestión deja de ser un héroe en todos los sentidos, para convertirse en parte de un mundo totalmente ajeno al universo DC comics, que lo vio nacer.

En definitiva, intenso y sólido cierre a la trilogía del director inglés basada en el personaje de cómics de Bob Kane, en términos generales, ligeramente inferior a la obra maestra anterior y bastante superior a la primera aparición del hombre murciélago.

La puesta en escena es impresionante, y como su antecesora, el inicio otorga un plus de tensión que no se apaga hasta el final del film. Aunque es justo añadir que dicha inquietud y tensión se mantiene tan constante por méritos de la brillante banda sonora firmada por Hans Zimmer, solventando las secuencias dramáticas de manera poderosa y acertada. Añadir también, que la ausencia de música en ciertas escenas de violencia bien ejecutada termina de disparar la crudeza y la oscuridad a la que antes nos referíamos.

Entremos en el universo de esta tercera entrega por el elemento común que ha perdurado en las tres entregas: el ritmo narrativo. Y es que a pesar de algunas frases un tanto extrañas y relativamente forzadas ("Quiero volver al terreno de juego"), la intensidad de los diálogos y la soltura de las secuencias otorga a Nolan la llave para hacer que el visionado se haga corto (pese a los 164 minutos de duración), como decía un buen amigo "te deja con ganas de más". Debido al trabajado guión, lamentablemente la película se pierde a veces en las inevitables complejidades y preguntas que aparecen al querer cerrar una saga de horas de duración. El hecho de clarificar respuestas o movimientos de anteriores entregas hace decaer en varios momentos la intensidad y la velocidad de acción de algunas escenas. No obstante, insisto, el perturbador desenlace (y sus maravillosas y ciertamente inesperadas sorpresas finales) dejan el listón muy alto para cualquier rebooth (se rumorea que empezaran otra vez la saga en 2016).


"Soy el apocalipsis de Gotham" Bane

El punto fuerte de Nolan, a parte de su exquisita mente para ejecutar complejos giros de guión (como ya demostró en la inolvidable "Memento" o la algo más liosa "Origen") es, sin duda, la elección de actores. El elenco de caras conocidas no cesa durante todo el metraje, pero en mi humilde opinión, hay tres vértices que sustentan el núcleo argumental de la cinta con sus brillantes actuaciones: Anne Hathaway (Selina Kyle), que tiene un peso argumental decisivo durante el desarrollo de los acontecimientos, y que hace de su inocencia y mirada el eje del papelón que ejecuta; Tom Hardy (Bane), donde su imponente corpulencia y maldad (que incluso pueda llegar a entenderse en los tiempos que corren, me entenderéis cuando la veáis) no hace más que añadir cierto realismo a los sucesos que acontecen en Gotham. Impresionante crudeza y muestra de poder en una actuación estelar donde en ningún momento se le ve la boca debido a la máscara que usa, por tanto, el eje de su papel radica en la apabullante mirada y la ecléctica violencia de sus gestos; y por último, Joseph Gordon-Levitt (John Blake), donde muestra la humanidad y el alma de la ciudad de Gotham encarnada en un ciudadano de a pie más, donde la injusticia le hace delimitar sus actos a consecuencia del bien común, no del beneficio personal. 

Mención especial también para Alfred, el mayordomo (Michael Caine) y Fox (Morgan Freeman), cuya edad sólo hace brillar aún más sus actuaciones con unos papeles opuestos realmente interesantes.

En resumen, espectacular y entretenido cierre de una trilogía cuyo visionado debe hacerse imprescindible como buen amante del cine en general, y no de superhéroes en particular. Devastadora primera mitad de película, e interesante final, que sin embargo queda levemente deslucido por algunas secuencias más anodinas y exentas de interés para el desenlace de la historia, y que hacen caer el vertiginoso ritmo del film. Pese a ello, sensacional capítulo final del héroe más humano del cine.